[Narrativa] 3 Fábulas de Carolina Quijón Sáez



Bruno el Colibrí

Bruno es un joven colibrí, de la especie conocida como Picaflor Chico, aventurero, desafiante, sin miedo, muchas veces, se niega a seguir las reglas, lo que le ocasiona algunos problemas, pero está dispuesto a demostrar que de verdad le importa su familia.

De pequeño, su mamá le contaba historias, de cómo fue criada en los hermosos jardines de la gran ciudad, entre las flores de las casas patronales del barrio antiguo de Avenida Alemania, solo allí crecían esas flores de colores únicos. Entre aquellas flores, una mañana de primavera conoció a Papá Colibrí, guardián de los imponentes Chilcos del Ñielol, su plumaje iridiscente que cambiaba con la luz del sol, la maravilló. Volaron juntos hacia el cerro y jamás regresó a sus jardines de infancia.

Bruno estaba decidido, encontraría el jardín preciado de su madre, donde crecía un árbol gigante de Buganvilia fucsia que expelía de sus innumerables flores, el más exquisito néctar. Recolectaría la cantidad suficiente como regalo de cumpleaños para mamá.

Observando a los turistas que visitan el cerro, se informó a la perfección de la ruta más segura a seguir, en su cabeza construyó un mapa de la ciudad, basado en el espectro ultravioleta que emiten las plantas y que los colibríes perciben, ya tenía todo listo para salir mañana muy temprano.

Sobrevoló la ciudad a gran velocidad y haciendo piruetas en el aire, pues los colibríes son las únicas aves que pueden volar al revés, siguiendo las coordenadas estudiadas divisó la Buganvilia, cuyo color… lo asombró.

Recolectó todo el néctar que podía cargar y se alimentó hasta más no poder de esa deliciosa sustancia líquida, tan dulce como la miel que se encontraba en el interior de las flores.

Mamá Colibrí estaba tan emocionada que no dejaba de abrazar y besar a su pequeño Bruno que movía sus alitas de alegría.

Los días de a poco, eran más largos, el sol comenzaba a entibiar la primavera dando color a los Majestuosos Chilcos rojos, que en mapudungun significa «el que nace cerca del agua», entre ellos… tímidamente, abría sus hojas al sol, una pequeña flor fucsia.



Piñón el Loro Choroy

Piñón es un hermoso Loro Choroy de un año y medio, sus padres vienen de la zona de Lonquimay, fue llamado con ese nombre, pues el piñón fruto de la Araucaria especie endémica de los bosques de América del sur, es uno de sus alimentos favoritos.

Piñón nació en el cerro Ñielol, ahora ya es un joven independiente dentro de su bandada, son muchísimos y muy… muy alegres, vuelan en grupos y siempre lo hacen cantando a todo pulmón.

Para este invierno la bandada tiene planeado bajar a los valles, pues cada año es más difícil encontrar semillas para alimentarse, la gente está cortando los árboles nativos reemplazándolos por especies extranjeras que no albergan a la flora y fauna nativa, los loros choroy para sobrevivir se han visto forzados a comer las semillas de los sembrados de los campesinos, por este motivo, muchos de ellos son atacados.

Ha llegado la hora de partir, pero Piñón con mucha tristeza le comunica a la bandada que él se quedará, durante todo el año recolectó muchas semillas que almacenó en un sector donde están los hualles más antiguos del cerro, restringió su nutrición para poder reunir una mayor cantidad, su plan, es sembrar estas preciadas semillas y renovar el bosque, para que su especie en el futuro pueda alimentarse y no se extinga.




Estelita la Zorra Culpeo

A Estelita la zorra desde pequeña le encantaba las moras que crecen en las orillas del camino principal hacia la cumbre del cerro, sus padres siempre le advertían que era peligroso acercarse a los caminos, “pues a veces, las personas no son amables con los animales silvestres, nos tienen miedo creen que los comeremos ¡como si nos gustara la ropa!” le decían y reían con tantas ganas que paraban las patas delanteras sin poder contenerse. Pero a Estelita no solo le gustaban las moras, le encantaban las manzanas silvestres, los albaricoques verdes, los brotes de helechos y el néctar de los copihues, pero más que todo lo anterior le cautivaba estudiar las diversas plantas que crecen en el cerro, sobre todo las que encontraba cerca de los humedales, ella descubrió que son mágicas y ayudan a curar enfermedades. Su árbol favorito es el Temu de corteza roja, son muy pocos los que quedan en el cerro, lamentablemente antes de que Estelita naciera se dice que entraban al bosque unas ruidosas máquinas que se los llevaban.

Una mañana muy temprano del mes de junio, nuestra amiga Zorra buscaba algunas hierbas para el desayuno, a medida que se acercaba al lugar escuchaba un hermoso canto que hizo que su corazón se llenara de una extraña alegría y paz, de pronto entre las hierbas justo donde entraba el rayo de sol más luminoso, danzaba y cantaba una joven mujer mientras cortaba con tanta delicadeza solo algunas hierbas, con un respeto y solemnidad hacia la naturaleza que Estelita jamás había visto, al voltearse la mujer sus ojos oscuros se encontraron con los suyos y ambas expresaron fraterna alegría. De su cabello se extendían cintas que parecían cobrar vida y ejecutar su propia danza, una de ellas se posó sobre Estelita, su dueña la ató con dulzura en la cola de la zorra y juntas trenzaron una amistad entre la sabiduría del cerro y las hierbas medicinales del Menoko que, hasta el día de hoy, juntas custodian en el bosque secreto del Ñielol.






Carolina Quijón Sáez (1977) Trabajadora Social, Gestora Cultural y Escritora. Publicaciones; “Tesoros de Montaña” 2013, libro sobre cultura inmaterial y “Fauna Nativa del Ñielol en Origami” 2020, libro de fábulas ecológicas.