[Editorial] Los objetos del encierro.

Entre los múltiples abismos de la literatura, el encierro es sin duda uno de los factores más importantes y demandantes en la escritura; utilizar, soltar y volver a traer el encierro al cuerpo vivo de la palabra es y será necesario para que la voz resuene en el papel y para que quien escribe reviva. Cabe entonces preguntarse ¿Qué hay en el encierro? o ¿Qué hay fuera de él? Lo cierto es que las respuestas pueden variar, resultando quizá, en una tipología del encierro creativo.

El encierro es una idea controversial, se trata de una privación de la libertad que, sin embargo, puede otorgar alas al sujeto literario, que agobiado por el exterior decide adentrarse en el interior de lo conocido: nos referimos al encierro voluntario. Esas paredes o cuarto propio, que alguna vez Virginia Woolf bautizó, puede ser el espacio necesario para reconectar con la vida misma y es que, en cierto punto, salir de la vista humana desarma el nudo de la escritura, donde las palabras redundan entre ellas y no queda más que un texto que choca con sus propias paredes.

No se trata solo del espacio físico, las barreras son necesarias tanto material como inmaterialmente y, de algún modo, nunca se está aislado completamente, siempre hay ruido, aunque sea el del lápiz sobre el papel o el de los dedos sobre un teclado, el silencio mismo se constituye como un recurso valioso en la comunicación. Así mismo, los amigos infaltables de quien escribe: los libros, compañía fiel y necesaria en ese encierro escritural, que parece requerir principalmente de ausencia humana externa a uno mismo.

Quien lea esto, tal vez, encuentre razón de que no se trata de un aislamiento dictaminado por la situación social del momento. Aquí hablamos de leer y escribir con uno mismo y sus propios olores, sus propias fugas, su propio caos existencial, que se manifiestan en sintonía con una percepción, en ocasiones, solitaria, decadente y frustrante, que luego resurge en el texto mismo. Marguerite Duras dejó claro que para ella la soledad es necesaria para la escritura, sin ella este acto de conjuros no se produce. La misma Emily Dickinson pasó treinta años alejada del rumor humano cultivando retazos hermosos de poemas.

Por supuesto, las condiciones sociales y económicas privilegiarán solo a algunos/as y la casa se transforma en evocación de la memoria, cobijo e intimidad. Y seguro, cada escritor y escritora tiene su ritual en el encierro, sea estar cierta cantidad de horas donando palabras al papel, una vela, un cuarto iluminado, una ventana con vista a ese exterior que se desea, pero desde lejos. Volviendo a Duras, la soledad se hace, se intenta crear el ambiente propicio para escribir, se escapa a la patria más personal.

Por otro lado, hay encierros obligatorios e institucionalizados que son un castigo, donde el metal, el frío y la libertad, sí son coartados, la privacidad queda solo en el pensamiento y la clausura de la palabra podría ser el peor castigo. Oscar Wilde sin ir más lejos, es sabido que escribió De profundis durante su encarcelamiento. Es curioso pensar que una situación tal de estrés y caos pueda propiciar la escritura literaria, el cobijo y la intimidad, que parecen perdidos; de algún modo se hacen presentes en este encierro dando al escribiente toda una simbología carcelaria: prisión, exclusión, no ciudadano, degradación social, ruptura, dolor y crudeza. Palabras y silencios cobran nuevos valores movilizando la creación. La búsqueda de una voz, la entrega de un testimonio, la creación de una nueva identidad cuando se le ha despojado de todo lo demás.

No se trata de romantizar el encierro, es más, sin su justa medida ¿no es acaso una condena?, ¿no se escribe desde el dolor y la desesperación? Se busca tener control al menos de la propia escritura como si eso mantuviera el control en el entorno. Mirar hacia adentro es una experiencia vital, pero en algún punto, se sale de ahí, se recae en el afuera, porque el afuera tiene sus bondades; el viaje, el movimiento y el intercambio humano llevan a otros mapas, a otros textos, como bien lo experimentaron los autores universales.

Volviendo a la escritura misma, es probable que haya entonces al menos dos corrientes textuales. Una que se desarrolla en contacto con el afuera, como en los viajes. Donde el movimiento, el encuentro con lo exterior dinamiza todo aquello que está disponible a estallar en palabras y otra, que sucede solo en el encierro hasta que se derrama y desemboca en la luz.

En esta quinta edición de la revista, les invitamos a pensar desde dónde escribimos, los textos que se presentan en este número dialogan con la temática editorial y en algún punto nos abren paso a ese ir y venir entre las puertas de la literatura aquí entregada.

Equipo Observatorio [19]