[Cuento] Deceso – Claudia Salgado Zúñiga

Estela murió a boca de jarro frente a Silvia, en aquel viaje a Temuco. Todo fue una pregunta, seguida de una respuesta a morir saltando y luego un revolcón de tripas que quisieron impresionar por la boca. Muchacha de no fácil vocablo, a fin de economizar palabra y saliva, decidió no ser cadáver de nadie y se propuso aparentar llenura de vida.

-¿Qué vas a hacer? – preguntó Silvia, instantes después del deceso.
-¿Sobre qué? – con la desfachatez de quien aparenta el disfrute de los años.
-¿Cómo que “sobre qué”? Me refiero a lo de…
-¡Silvia! – le interrumpió con tozudez de cadáver…y Silvia comprendió en lo más intrincado de su corazón, que jamás se debe contradecir a una muerta, porque es alma que transita por otros mundos y porque finada o no, continúa siendo mujer.

Pasados los días, muerta hasta la muerte, comenzó a apestar. La sapiencia pueblerina aconsejó lavativas y friegas con corteza de cedrón y culén. Doña Chela, quien asumió el liderazgo naturista en el caso de Estela, sugirió a labio tieso, remojar durante una hora, aquellas partes por donde el cuerpo estila. El ritual debería repetirse tres veces al día, durante un mes; resultados: “hongos por doquier”.

Visitó las farmacias de moda y adquirió artículos de lo más perfumosos. En la cuadra la llamaban la “bomba floral”. Nada. Seguía oliendo a “pestilencia viviente”. Vecinos y amigos de toda la manzana desfilaban para llevarle colonias de baño, cremas de rosa mosqueta y placenta. El tío Luis, el del supermercado, le obsequió desodorantes ambientales de lavanda y jazmín; resultados: irritación axilar masiva / fetidez generalizada. Nada. Estela seguía apestando de Arica a Punta Arenas.

Nauseabunda de cuerpo y alma, la sometieron a restricción, como si se tratara de un auto o una camioneta. Martes y viernes, Estela tenía prohibición de circular a espacio abierto. Inútil.

Un día de enero, verano en su salsa, Estela envuelta en su mantilla de polietileno, se asomó por la ventana entreabierta. Inmediatamente sus sensores olfativos dieron con una pestilencia en dirección norte; por un instante creyó que le aventajaba en fetidez. No se equivocaba. De la nubecilla agria, surgió un muchacho de cabello liso, carbón de piedra.

Con insolente hediondez Estela indagó a la silueta de indesmentible repugnancia:

-¿Cómo fue?
-Sentado…en un banco de plaza- respondió la voz forastera. Y con idéntica curiosidad:
-¿Y lo tuyo?
-De pie, en un bus con destino a Temuco
-Dime, ¿dolió mucho?
-¡Imagínate! ¿Y a ti?
-Bueno, ¡Aquí me hueles!

Ambos rieron con desfachatez de vertedero. Unieron sus desdichas corporales y en un aliento de infierno intercambiaron saliva y bacterias. Elogiaron sus ropajes aislantes y entrecruzaron hedores.

Algunas moscas azules coronaban el paisaje.






Claudia Salgado Zúñiga (1974). Vive en Quino, pueblo a 25 k aprox., de Victoria. Estudió Pedagogía en Castellano en la Universidad de la Frontera. Actualmente, trabaja en el liceo Jorge Alessandri Rodríguez, el mismo que la formó en su adolescencia.