[Ensayo] El factor teleológico en criticar al crítico y otros escritos de T.S. Eliot – Heber Leal


Existe una dimensión teleológica (del griego τέλος, fin, y λογία, discurso) muy expresa en Criticar al crítico y otros escritos de T.S. Eliot (1888-1965). Se trata de un conjunto de conferencias dadas en diversas universidades y otras instituciones de EE.UU e Inglaterra durante el periodo que va desde 1917 a 1955, en que reflexiona sobre la capacidad crítica. Veremos en este ensayo que existe un fuerte componente teleológico en los planteamientos del autor de La tierra baldía, gracias a las claves sugerentes que deja establecidas en cada uno de los apartados. El texto está encabezado por el expectante capítulo homónimo, en el que advierte la necesidad de tener cuidado con descontextualizar las afirmaciones de un crítico, porque es completamente verosímil que transmuten con el tiempo; y al mismo tiempo afirma que cuando somos jóvenes tendemos a ser dogmáticos: o todo nos entusiasma o nos indigna; con ello inquiere que la criticidad es un oficio que requiere madurez y que no necesariamente es propiedad de una generación concreta.

T.S. Eliot valora la producción crítica con mucha sensatez: confiesa sin pudor que la crítica como oficio siempre tiene un soporte biográfico o referencial. De modo que no habría crítica pura, ya que siempre se fragua de gustos, vivencias y propósitos. El entusiasmo que le propician algunos poetas, lo motiva precisamente a convertirlos en objeto crítico. Por lo que hay un interés también propedéutico tras la puesta en escena de la criticidad. Se colige, entonces, que existe una pasión ineludible subyacente a la crítica que no se reduce al mero ámbito racional: la atracción que provoca el estilo de una obra puede ser tanto o más importante que el contenido. T.S. Eliot reprueba con argumentos similares la noción hermana de poésie pure.

«De Poe a Valéry” es el segundo capítulo, donde pasa revista a temáticas culturales derivadas de su contexto histórico, reflexiones que no dejan de ser valiosas a contraluz del siglo XXI, adicionalmente demuestra que su capacidad crítica está asociada a la sensatez y el buen uso del lenguaje. Se enfoca en los aportes poéticos y literarios de varios escritores moteados de malditos. A alguien inadvertido le llamaría sin duda la atención que Eliot reproche la calidad de un monumento literario universal como lo es Poe, pero esto ocurre si desestimamos su talla como crítico y creador, y omitimos los alcances desmitificadores de su brazo crítico. Lo que hace es dejar patente la poca prolijidad poética del autor de El cuervo: “la poesía de Poe está muy lejos de ser pura, pues ya he señalado el descuido de Poe y su falta de escrupulosidad en el empleo de palabras”.

Destaca el escepticismo de Valéry y lo califica de escritor creativo y extremadamente autoreflexivo. Se perciben dos sentimientos que rebasan la mera empatía por el francés: reconocimiento e identificación. Valora en Valéry su predilección por el procedimiento antes que por el simple hecho de terminar un texto y publicarlo. Y hace visible la sobriedad y la visión reflexiva indeleble en sus creaciones, parafrasea Valéry respecto a que todos sus textos no son más que esbozos (ébauche). Este sentido de la precisión respecto al uso del lenguaje, claramente veremos que se derivará de su contacto con Ezra Pound, quien será su mentor, amigo y “editor”.

“La literatura norteamericana y el idioma” es el tercer capítulo, en el que apologiza la transmutación idiomática y su valor para las futuras dinámicas literarias: “Por supuesto, es condición necesaria para la continuidad de una literatura que el idioma esté en variación constante. Si cambia, es que está vivo; y si no cambia, los nuevos escritores no tienen más remedio que imitar a los clásicos de su literatura, sin que les quepa la esperanza de producir algo de la misma calidad”. Emplea la interesante metáfora del tordo migratorius, ave admirable por su capacidad adaptativa, para hacer referencia a la plasticidad que debe tener el idioma norteamericano e ingles a la hora de enfrentar los dinámicos desafíos culturales, a los que no hay que imponer “un telón de acero lingüístico” expresión que me parece crucial, por lo demás, para abordar con altura de miras los temas idiomáticos del siglo XXI, más allá de los horizontes de tal o cual idioma específico.

Sostiene que en Norteamérica se dio un fenómeno inaudito, que sería la existencia de varias literaturas en un mismo idioma. T.S. Eliot destaca a Poe, Whitman y Twain, como grandes escritores -obviamente encuentra elementos débiles propios de cada producción-. Ellos lograron “poner al día el léxico y purificar el dialecto de la tribu”. Esto lo explica con total precisión en lo sucesivo, cuando alude a dos caracteres que debe poseer un escritor: «el fuerte sabor local combinado con la universalidad inconsciente”. Esta instancia es clave porque alude a la mixtura del rasgo universal junto al dominio cultura e idiomático del escritor.

El cuarto capítulo lleva por título “Los fines de la educación”. Cuestiona largamente la convicción de definir qué es la educación y cuál es su propósito final. Obviamente no cuestiona establecer fines, sino la unilateralidad de su institución: advierte del peligro de definir los propósitos de manera irreflexiva o simpliciter. Sería muy pedante y pretencioso establecer un paradigma final, porque la pregunta sobre la mejor educación trae siempre consigo la filosófica sobre qué es el humano. Frente a la clásica definición de que la educación tiene como propósito formar personas para la vida en democracia, considera que suena políticamente correcto, pero no deja de ser vago. Es menester que cada época y cultura defina lo que entenderá por democracia. Obviamente, como pensador decimonónico considera que la educación debe ser constante. Es responsabilidad de cada sujeto buscar continuamente el perfeccionamiento cultural. T. S. plantea que existen tres fines para la educación que pueden ir cambiando en contenido conforme cambia la humanidad: i) Preparar para la sobrevivencia (profesional), ii) preparar para la ciudadanía y iii) hacer explícitas las facultades latentes del individuo. En este sentido, es muy interesante lo que menciona en el último tercio del capítulo donde afirma que un tratadista de la educación requiere pensar cuáles son los elementos filosóficos, teológicos o sociológicos subyacentes a su visión pedagógica: esto porque los tres fines que una época asuma como propios dependen de dichos elementos fundamentales. He aquí el carácter teleológico que expresa, como declaración de principios, sobre los fines que desbordan una teoría concreta en materia de educación.

El capítulo 5 en muy breve, se denomina “Lo que Dante significa para mí”, y sostiene la grandeza del autor de La divina comedia y su capacidad de trascender las limitantes poéticas comunes, por el dominio del lenguaje y su capacidad de dar vida a una amplia gama emotiva. Claramente Dante es el poeta que marca todo el grueso de su motivación por convertirse en poeta. Es un apartado breve de carácter directo y confesional donde alude a la deuda que tiene como con Dante, pues asume que influyó superlativamente en su técnica y forma de afrontar la escritura. Pero valora sin duda también a Shelley como otro precedente en cuanto a la sucesión del estilo dantesco en el mundo moderno.

“La literatura de la política” es el nombre del sexto capítulo. El autor parte del análisis de cuatro escritores anglosajones que fueron al mismo tiempo conservadores en política: Bolingbroke, Coleridge, Burke y Disraeli. Allí inquiere que la visión política que se tenga de la realidad influye en el tipo de escritura y que no por ello, se pierde la calidad y el estilo artístico. Además sostiene algo que, sin duda, es digno de citar: “en una sociedad sana ha de haber una gradación de matices entre el pensamiento y la acción: en un extremo, el contemplativo desvinculado”, la mente crítica que se ocupa de descubrir la verdad y no de promulgarla y todavía menos de convertirla en acción; y en el otro extremo, las clases de tropa de la política, el hombre que, aunque sienta una relativa indiferencia por las ideas generales, está dotado de un sentido innato, de tacto y de carácter adecuados, con el refuerzo de la disciplina y la educación. Entre estos dos extremos hay un espacio para un variado repertorio y diversas clases de pensamiento político”. En este apartado sostiene que es completamente factible que alguien se dedique plenamente al plano teórico y que otros al práctico político, y no hay que uniformizar a todos los intelectuales en una sola categoría.

El séptimo capítulo, “Los clásicos y el hombre de letras”, cuestiona que sea una condición necesaria para los hombres de letras tener una profunda preparación en humanidades o en estudios clásico, y menciona como ejemplo dos extremos, Shakespeare como una escritor que pese a su precaria formación se convirtió en un genio y Milton que desbordó de erudición, pero cuya alta preparación no lo despojó de su genialidad. Es interesante cuando sostiene que la buena formación educacional inciden favorablemente a regular lo que se podría denominar la exacerbación del gusto: “la noción de calidad ha quedado anegada por la idea de que ´todo es cuestión de gusto´. En otras palabras, el gusto sin la calidad corre el riesgo de ser “excesivamente excéntrico o excesivamente vulgar”. En este sentido, hay un hilo conductor con el capítulo asociado a los fines de la educación, cuando sostiene que toda buena educación requiere de un dominio del idioma en el cual habla, escribe y piensa, por cuanto indica que es valioso contar con una educación (general/cultural) que suministre elementos de literatura, historia, lógica y filosofía en el contexto de una educación especializada científica o profesional. A su vez termina arguyendo la importancia de considerar el patrimonio clásico (griego y latín) en la instrucción para preservar la literatura occidental.

“Ezra Pound: su métrica y su poesía” es el octavo capítulo, un apartado crucial para quien desee descubrir las pretensiones poéticas o creativas del propio Eliot, esto debido a que no sólo elogia la erudición, la preparación poética y la innovación que Pound trasunta en la poesía moderna, sino que manifiesta la relación equilibrada que tiene que haber entre cierta esencia poética y la preparación musical del poeta. Lo último lo parafrasea precisamente de Pound y lo comparte como una declaración de principios. Pero hace hincapié, con ese tono fuertemente crítico-apolíneo, que hay que tener cuidado con los excesos; por ejemplo, no caer en “abstracciones ligeramente veladas y resonantes como las de Swinburne”, para lo cual tiene presente el siguiente verso: “El tiempo, con su dádiva de lágrimas/ la aflicción, con la copa que rebosa…”; o advierte de cuidarse de la “musgosidad de Mallarmé” mejor hacer como Pound, recomienda, “siempre preciso y concreto, porque siempre hay en el fondo una emoción definida en su poesía”.

El último capítulo se denomina “Reflexiones sobre el verso libre”, en este caso se trata de un pequeño artículo que publico el año 1917 en la revista New Statesman. Lo principal de su reflexión es que el verso libre no sería más que un mote pretencioso de mal gusto, que bien podría desemplear de la jerga crítica, porque todos los poetas, sean buenos, mediocres o malos, en cierto sentido tienen una estructura basal determinada y en parte también rompen, con nuevas estilísticas, los accesorios convencionales. Por ello, recomienda mejor hablar de buena o mala poesía. Claramente se deja patente su animadversión por las vanguardias.

Personalmente estimo que el aspecto teológico se evidencia fundamentalmente en los capítulos cinco y siete. Por otro lado, el único detalle que, visualizo, tiene el quinto en relación a la tónica global de sus exposiciones, es el dejo excesivamente digresivo y hasta cierto punto obsesivo por responder las objeciones hechas en su momento por un tal Dr. C.E.M. Joad. En este caso, podemos usar las mismas palabras del emblemático T.S. Eliot, quien sostuvo en el primer capítulo que la crítica no se puede librar de la pasión.







Heber Leal es Profesor de Filosofía, Magíster en Filosofía Moral y Doctor en Literatura Latinoamericana por la Universidad de Concepción, Chile. Coordinador del Núcleo de Formación General. Universidad Mayor.