[Cuento] En un bosque dividido por el asfalto – Mauricio Díaz




No sé cómo he podido llegar hasta este lugar. No recuerdo nada y no sé dónde estoy parado. No sé si estoy soñando o dentro de una realidad virtual o, simplemente, sufro de algún tipo de amnesia. Independiente de la ubicación exacta del lugar en el que me encuentro en este momento, al menos la vista que tengo ante mí es preciosa. Parece que estuviese dentro de un enorme cuadro de pintura -de esos que se cuelgan sobre el sofá del living o en la sala de espera de una consulta médica- con un paisaje de cielo celeste despejado, moteado con nubes blancas, flotando sobre un bosque dividido en dos por un camino asfaltado. Claramente, o bien estoy soñando o algo me puso de improviso en este lugar. De lo que estoy seguro es que no estoy muerto, porque dicen que cuando uno muere tu vida entera se proyecta antes tus ojos -y eso no ha ocurrido-. Así que no estoy muerto. Me inclino por la opción del sueño, aunque, claramente, no dentro de una pintura, pues se trata de un sitio real, aunque la escena parece deliberadamente mágica e irreal. De verdad, podría ser una hermosa pintura que puedes lucir para la admiración de los demás, sino fuera porque yo estoy parado justo en medio de ella, en ese camino de asfalto y dentro de aquel paisaje. Mi memoria no me ayuda a comprender cómo es que llegué hasta este lugar. Así es que, como única alternativa, lo único que mi cerebro ordena es caminar. Me parece lo más prudente. Además, dicen que caminar ayuda a aclarar las ideas. Si estoy parado sobre un camino, me parece lógico que deba avanzar sobre él, al menos instintivamente. Para eso fueron creados los caminos y no para que uno se quede parado sobre ellos. “En el camino se arregla la carga”, dicen los camioneros y los ancianos. “Estamos vivos porque estamos en movimiento”, dice Jorge Drexler. Así es que lo mejor será caminar. Quizás así recuerde algo. Caminar ayuda a abrir la mente.

Esperen. Parece que esto está dando resultados, porque estoy comenzando a recordar algo. Algo de mi infancia. Es algo confuso. Debo ser muy pequeño, porque sólo veo piernas y las manos que cuelgan desde los altos torsos enfrente de mí. Están conversando, mientras yo estoy agachado frente a una fuente  de plástico desgranando porotos. Estoy junto a mi abuela ayudándola; eso lo recuerdo. Estamos en su casa en el campo; eso también lo recuerdo bien. Vamos progresando. El piso es de tierra y hay humo dentro de ella. Creo que es una ruka la casa de la abuela. Sí, lo es. Y recuerdo un consejo que ella me dio a esa edad: “Para que el humo no te haga llorar, debes permanecer agachado”. ¡Qué astuta era mi abuela! Por eso me tiene a cabeza gacha desgranando porotos: para proteger a su nieto del humo. Ella me decía que el humo es bueno para la piel, pero malo para los ojos. ¡Qué sabia era mi abuela! Aún recuerdo aquellos consejos que me dio. Pero hay más sobre este recuerdo. Ella conversa con alguien. Creo que es su otro hijo: mi tío. Mi abuela tuvo dos hijos varones. Uno de ellos es mi padre. Siempre confundía sus nombres y llamaba a uno con el nombre del otro. Cosas de madres. Lo que recuerdo es que mi abuela habla con mi tio como si hablara conmigo; o sea, como si fuese un niño. Pero mi tío habla más fuerte que ella; le grita -como yo en ocasiones, cuando quiero que me escuchen-. No recuerdo con claridad lo que dicen, pero sí recuerdo sus manos. Las de mi tío estaban cerradas en puño y las sostenía a los costados de su cadera. En cambio, las manos agrietadas y suaves de mi abuela, con mucha calma, van deshojando los choclos. “¿pero nadie le ha dicho la verdad?”, gritaba mi tío. “Cálmate, que el niño te escucha”, responde con calma mi abuela. Lo regañaba, pero con cariño. “¿Cuándo le van a contar que es mío?”, respondió mi tío casi llorando. “Respeta la decisión de tu hermano y tu cuñada. Y anda a enfriar tu asunto a otro lugar, lejos de esta casa”, le responde tajantemente mi abuela, con ese tono de hasta aquí llegó la conversación. No se le podía decir nada más después que usaba ese tono de voz, porque de lo contrario luego venía el castigo. ¡Qué severa era mi abuela! Yo conocía todos los tonos de voz que ella usaba, porque siempre me sentaba a su lado para que le ayudara en algo o le acompañase en la carreta de bueyes a comprar o dejar algún encargo. “La vida en el campo es así: un silencio en calma, interrumpido sólo por el grito de alguna cría pidiendo algo”. Así respondía mi abuela, cuando alguien le preguntaba sobre cómo estaban ella y sus dos hijos. También recuerdo eso.

Bueno, me parece que, definitivamente, estoy dentro de un sueño. Sin embargo, por inercia, sigo avanzando por el camino, aunque sin recordar cómo fue que llegué hasta aquí. Al menos, la caminata me permite disfrutar del hermoso paisaje pictórico. Aunque, pensándolo bien, si esto no es un sueño -y aunque lo fuera-, no creo que haya llegado caminando hasta aquí. Puede que haya llegado en una bicicleta, por ejemplo, pero no veo ninguna cerca. Quizás esté escondida entre los matorrales. Aunque, la verdad, no me imagino pedaleando una. Siento que, sudar para desplazarse de un lugar a otro, no es lo mío. Me produce rechazo la idea de andar en una bicicleta al aire libre tan sólo para terminar sudando. Además, la lluvia, el viento y el sol azotando mi rostro, no es lo mío. Prefiero conducir un vehículo. Al menos, me siento más cómodo y me gusta. Esto es ya un avance: tengo claro una cosa que me gusta y otra que no. Da resultado esto de caminar para despejar la mente. Sin embargo, nada de esto sirve para explicar dos cosas: cómo llegué aquí y hacia dónde me conduce este camino.

¡Esperen un momento! Otra imagen invade mi memoria. Otro recuerdo ha vuelto a mí en esta terapia de caminar, pero esta es distinta a la anterior. Mi padre y su hermano jugando sobre el barro bajo la lluvia. Me hace reír este recuerdo. Es tierno. Se revuelcan abrazados sobre el césped mojado, dejando sus ropas y pelo, sucios y embarrados. Sus bocas exhiben dientes blancos de alegría. Se esmeran por ver quien ensucia más al otro. Se tironean mutuamente y se revuelcan. Es gracioso ver a dos hermanos, ya mayores, jugando como niños. “Los hombres nunca dejan de ser niños”, decía mi abuela. Luego, reparo en un detalle que llama mi atención. La ropa que llevan puesta ambos, no es ropa para jugar, sino que más bien es ropa elegante. Muy elegante. Ambos usan pantalones negros, camisas blancas, corbatas roja y gris, respectivamente. Mi padre lleva una corbata gris y mi tío una roja. Sus dientes apretados son de rabia e ira y no de alegría. No están jugando. Están peleando. ¡Qué mágicos son los recuerdos de niño! Ahora, ya más grande, me puedo dar cuenta de la diferencia de aquella escena que presencié cuando era niño. De pronto aparece gente corriendo hacia ellos. Se lanzan a separarlos y calmarlos. La escena ya no es graciosa ni tierna. Se lanzan patadas mutuamente, mientras intentan separarlos. Se gritan cosas que no alcanzo a oír. Ahora todos se ensucian y embarran tratando de calmar la pelea. Ya no es un juego. Esto es algo serio. De pronto, y por el rabillo del ojo, veo una mancha blanca que se aproxima corriendo. Una hermosa mujer vestida de novia. Es mi madre. Lleva aún el ramo en la mano, pero el blanco velo se le ha desprendido de la cabeza. Se arrodilla para abrazar a mi padre y, al hacerlo, también se ensucia y embarra. Se siente tristeza y fracaso en el ambiente. Es un triste recuerdo, no como el anterior junto a mi abuela. Los dos bandos se separan en direcciones opuestas. Uno sosteniendo a mi padre y el otro a mi tío. La escena queda vacía ante mi vista, todos se retiran, y yo me quedo sólo de pie, entre el césped húmedo y el barro. Parecía un feliz recuerdo la verdad, pero terminó siendo uno triste. Es engañosa la memoria.

Alejémonos de los recuerdos y volvamos al camino asfaltado. Al final del bosque, parece que el pavimento terminara, pero en realidad es una ilusión óptica, puesto que hay una curva justo donde termina el bosque. Y, en este momento, algo viene asomando por aquella curva. Es un vehículo de color celeste, pero a esta distancia no puedo ver claramente la marca del vehículo. Se trata de una minivan familiar. Eso sí lo puedo distinguir. Alzo mi dedo índice al borde del camino para hacer autostop al vehículo. Viene deprisa y parece que no se va a detener. Por lo visto, no han reparado en mi presencia. Observo el interior del vehículo cuando pasan por mi lado. Se trata de una familia de cuatro integrantes: padre al volante; madre de copiloto; hijo e hija de pasajeros. Ni siquiera han disminuido la velocidad. Sus rostros reflejan preocupación. Algo que han visto adelante, les ha llamado la atención y parece no ser muy bueno lo que han visto. Han comenzado a disminuir la velocidad y se van a detener. Buenas noticias. Vuelven mis esperanzas por saber dónde estoy parado y de conseguir ayuda. Al menos mis piernas están en buen estado y puedo correr hacia ellos, antes de que se marchen y me dejen otra vez con la incertidumbre.

Mientras corro hacia el vehículo, mi visión se nubla y es reemplazada por la escena de otro recuerdo. Esta vez ya soy un hombre mayor. Ya no observo sólo piernas y manos, pues ya soy alguien de mayor altura. Debe ser un recuerdo reciente, pues tengo el mismo aspecto de ahora. Estoy en una iglesia. Es una misa, creo. Hay mucha gente en el interior del templo y se respira un aire de pesadumbre en el ambiente. Ahora lo veo. Ahora lo entiendo. Se me aclara el recuerdo. Hay un ataúd frente al altar. Estoy en un funeral. Es difícil distinguir a primera vista, entre una misa y otro tipo de ceremonia religiosa. Todas se parecen: silencio ceremonial, cantos que son verdaderos lamentos -con una fingida dicha- y un solo orador. Los mismos elementos se repiten siempre, solo que esta vez el ataúd hace la diferencia. Es el funeral de mi padre; ahora lo recuerdo con claridad. Falleció en un accidente automovilístico; eso también lo recuerdo. Conducía en estado de ebriedad y a alta velocidad, se salió del camino en una curva y se estrelló contra un árbol. Se hace cada vez más claro el recuerdo. Es como si la escena se enfocara como una cámara reflex. Mi padre se volvió alcohólico tras el suicidio de su hermano. No pudo soportar esa pérdida. Eso lo hizo cambiar mucho. Se volvió un tipo lúgubre y hosco. El suicidio de mi tío fue la razón de la discusión que terminó con la separación de mis padres. Todo un desastre. Y ahora, para más colmo, el resultado final es el funeral de mi padre. Pero no estoy solo en este funeral. Me acompaña una mujer hermosa. Está sentada al lado mío. Estoy enamorado de ella. Claro que sí, es mi futura esposa. Es mi fuerza y compañía en este depresivo lugar y en esta lúgubre escena. No veo más familiares que mi abuela y yo. Somos lo único queda de familia en este funeral. Sin embargo, hay muchas caras desconocidas acompañando en el sepelio. Conocidos de mi padre, seguramente.

Al menos habrá un final feliz para mi historia. Después de todo, no estoy tan solo en este mundo. Alguien me espera allá afuera. Tengo una esposa y eso es una buena noticia. Mi visión ha vuelto al asfalto, mientras corro tras el vehículo estacionado, pero esta vez observo otros vehículos estacionados al borde del pavimento también. Al parecer, ha ocurrido algo grave. Hay gente saliendo de sus autos y se dirigen corriendo al borde del bosque. Un vehículo se estrelló contra un árbol. Ahora lo puedo distinguir a la distancia. Ahora entiendo la razón del apuro de aquel vehículo que pasó por mi lado a toda velocidad. Muchos han llegado a prestar ayuda. Algunos con cierto nerviosismo, se han puesto el chaleco verde reflectante no siendo ellos los accidentados. Algunos se lo ponen pensando que es una obligación y olvidan que la norma de tránsito lo exige sólo para los choferes que han tenido un accidente, pero en un momento como este, nadie piensa. Lo que me parece más sensato es correr a prestar ayuda al vehículo accidentado también. Quizás en medio del embrollo me pueda enterar de qué lugar es el que me encuentro ahora. A medida que me aproximo, noto los rostros de preocupación de las personas que se encuentran cerca del vehículo accidentado. Alguien ha tenido la brillante idea de desconectar la batería del vehículo con una llave de tuercas para evitar una explosión con el combustible derramado. Es una situación paradójica para mí, porque voy corriendo a auxiliar a alguien que no conozco, mientras yo mismo busco que me ayuden.

Un nuevo recuerdo nubla mi visión y llega de golpe a mi memoria. Esta vez es mucho más reciente. Estoy solo en un comedor y tomándome la cabeza con ambas manos. Es el comedor de mi casa y sobre la mesa hay una botella de licor, un vaso medio lleno y un sobre de carta sin abrir. Tengo miedo de abrirla y conocer el contenido de aquel sobre. Bebo, una y otra vez, de la botella de whisky sin atreverme a abrir aquel sobre. El aspecto que tengo me recuerda a mi padre en su peor etapa de alcoholismo. El sobre de la carta tiene un timbre de una clínica médica; ahora lo recuerdo. Es un examen de ADN; también lo recuerdo. No es mío. Es de la criatura que lleva mi esposa en sus brazos. Ahora lo recuerdo bien. Ya conozco el contenido de ese sobre. Lo abrí esperanzado y lo he vuelto a cerrar abrumado. Ahora estoy solo en la mesa del comedor de nuestra casa decidiendo qué voy a hacer. Por lo visto, la historia se vuelve a repetir y ha pasado frente a mis ojos. No se puede eludir el destino, a menos que decidas tomar otro camino. El camino difícil, pero para eso te debes armar de mucha valentía para decidir tu propio destino. Y yo no tuve esa valentía.

Ya no son necesarios más recuerdos. Ya he recordado qué hago aquí. Lo supe antes de llegar junto al vehículo estrellado y ver mi propio cadáver solitario frente al volante.









Mauricio Díaz. Nacido en Temuco, escritor y guionista de historietas. Desde el año 1980 escribe poemas y cuentos que están recolectados en su blog personal. En el año 2014, obtiene el primer lugar del IV Concurso de Cuentos Breves “¿Te Cuento?”, organizado por el Sistema de Bibliotecas de la Universidad Católica de Temuco. En el mismo año, es  seleccionado por el concurso de microcuentos “Los Pueblos Originarios en Ciento40 Caracteres” con su relato “Ataque de Kolo Kolo”. En el año 2019, se publica su cuento “El silencio de la lluvia” en la revista literaria Revista Zur, volumen 1 , año 1, de la Universidad de la Frontera. Actualmente, se desempeña como funcionario administrativo de una universidad estatal.