[Cuento] Adonde el monte profundo – Matías Paredes Zúñiga

El monte y helada aguamarina la suya, obcecábanse, umbrosos, en demorar la huida de Liborio Bórquez. La tierra húmeda le cobraba trastabillones y costaladas de gran expresión; ramas solitarias, trallazos imprevistos. A veces, sin embargo, cuando un declive del terreno formaba una pendiente provechosa, el muchacho se valía de los troncos tumbados y se deslizaba encima de ellos, de rodillas cuando el cansancio, de pie si el moho le entorpecía demasiado su empuje, ganando en ello buen impulso para perder a sus perseguidores. Mas al poco rato terminaban los desniveles generosos y el cuerpo yacente de los leños, debiendo vérselas Liborio con la espesura de un follaje liante y mojado.

-¡Adonde vienen, no saben, profanos! –les advirtió Liborio– ¡Un trémolo de lira chilota y lozana, diríase eternocanto que acendra!
-¡Corre, corre, huacho indecente! –alcanzó a escuchar de los hermanos Pumarino– ¡Que te agarramos y de un tiro te doblamos!
-¡Un trémolo de lira chilota y lozana! –les repitió, curvando por donde la verdura grandiosa crecía.

La risa melodiosa de Liborio, mezclada al frío solemne del bosque y a su húmido eco de arcano continente, en cuanto se iba levando triunfante por saber perdidos a sus perseguidores, pronto se vio suspendida al entramparse el muchacho con una raíz de la tierra asomada que, ¡suntuosa indiferencia!, le hizo rodar cuesta abajo entre quejidos y raspones, hasta detenerse de un costalazo al pie de un muermo.

Muy a lo lejos, cual apenas un rugido de bestia desengañada, tronó el aire tras un escopetazo. Una sonrisa se le dibujó entonces en el rostro, mientras se incorporaba adolorido, por confundir el tamboreo excitado de su pecho: sus manos sangraban, y de su sien se abría un corte por encima de los demás, que borboteaba su lamento.

Los Pumarino: trío de obsesos malparidos. Ofendió a su padre, valga decir el malparido mayor que, hablando mal y pronto, era de esas criaturas que extrañamente pueblan la tierra y no hacen sino denostar contra toda persona con aquella altivez moral que poseen los deudores de la autorreflexión. Foráneo, llegó a la Isla dispuesto a regirla desde alguna alcaldía, convencido de que la brutalidad era consustancial a la condición chiloense y de que, desde allí a la docilidad bajo una férula como la suya, leída y preclara, no había trecho alguno más que hacerse tan fácilmente con el poder político, y, en fin, gobernar.

Pero Liborio le ofendió grandemente, y en su casa. Sus hijos, más jóvenes y fuertes que su viejo padre, salieron a su persecución para fusilarlo. Desde entonces, la carrera llevaba extendiéndose poco más de una hora, un tiempo no exento de descargas que silbaron por sus oídos o astillaron un árbol de los que iba dejando atrás, a paso atléticamente redomado.

Ya de pie, ardiendo sus manos encarnadas, descansaba a la sazón apoyado en el muermo, limpiando su mejilla teñida con la solapa de su camisa. Pensaba. Por los diversos ruidos, distantes entre sí, que marcaban un paso de búsqueda cada vez más próximo, adivinó que los hermanos fueron capaces de ejecutar una estrategia de fragmentación, donde cada cual le seguía el rastro por un sendero diferente. Y si bien uno sólo de ellos disponía del arma, no descartaba el muchacho que los otros dos le buscaran con corvo en mano.

El cielo clareaba de a poco su azur, engañoso y aterido, desplegando el astro por entre las nubes sus tibias hebras aquilonales, que recibía Liborio en su cuerpo sudado y herido. Cerró los ojos. Su profunda respiración se fue entrelazando con los pasos perseguidores, amenazantes, cada vez más estrechos a su posición; oía su marcha dispersa, el viento en la copa del monte, las hojas llorando, instilando la tierra de su linfa hurtada. Las ramas del suelo se resquebrajaban bajo el peso de una carrera, de tres movimientos que también iban rasgando los velos de aguaverdura que por su camino se cruzaban, eternos, dichosos. ¡Ah!, Perico Villar y su paso trasegado, aquel viejo tosedor le había dicho, cuando la siembra de papa, que tal como a veces alguno decía “Chiloé es una patria segunda, aunque más verdaderamente ceñida al corazón”, no podría incurrirse en patraña peor. ¡Patria segunda! Y rio el viejo sus escasas muelas maltrechas. Nada habrá de subsumirnos en razón de un territorio más vasto, decía, que nuestras formas de ínsula grande bastan al portento mismo de su existencia, ¡y que no haya en ello, Dios mío, parangón! Ceñudo habló luego de miseria, ignorancia, dipsomanía e incesto, y se retiró de la siembra empuñando fuertemente su bastón de roble, a paso trasegado, silencioso; rio todavía su triste dentadura, gritando a los vientos ser él cultivo egregio de nuestro terruño. ¡Ah!, sólo Liborio le escuchaba, y sólo él le acompañó en su lecho de muerte, oyendo su resuello lastimero al tiempo que contemplaba su rostro.

La niña Adelaida florarrayán la de su risa, le dijo una tarde de arrebujo, también, mira allá mira cuán verde ensánchase el herbazal hasta donde pugna altivo con los cielos. Luego llovió. Adelaida le estrechó todavía más entre sus brazos, su cabeza se cobijó en su cuello, y bajo el mirto vieron caer la lluvia por la extensión de los pastos. Miren ustedes cuán sacra y tupida se tiende esta nuestra tierra, Pumarinos sin remedio, adonde no saben, profanos, que pisan y avanzan. Mira Liborio allá la lontananza por entre el velo pluvial cómo grisea por encima de los verdores calados; cómo cabriolan las gramíneas, Adelaida, con el viento, y sin partir de su arraigo, Adelaida, cabriolan. Canta en ello, temporal y ventisca de Isla henchidos, la tierra en su trémolo gustosa; y se esperezan, más allá, las aguas en su bamboleo soñándose rota fontana de ultramar.

Estalló de sangre su brazo, y su costado, inmediato, dimanó infausta canícula.

Por sus ojos Liborio sintió cantándola a Adelaida, con su tiple de pastora y trémulo mirar, ojos de calina voz mirándolo doblarse, un poco, aferrándose con el brazo sano al muermo impávido. Irguió la cabeza, sin embargo, y refulgieron sus ojos contra el enemigo. Suspiró agudamente, al tiempo que iba retomando la huida con piernas traidoras, por cuanto tanto más endebles se movían cuanto que su brazo más sufría el desplazamiento. Pero acabó la acechanza de los hermanos y pasaron los tres a la carrera, seguros de su éxito. Apretó en ello el muchacho todavía más el paso, a poco trecho resbalando y cayendo con todo su peso sobre una sola rodilla, que tronó sobre la hojarasca. Se incorporó, sorpresa y blasfemia, escuchando entre el vaivén de su pecho la grita de fondo, grita Pumarina de imprecación y de hiel hecha. Descargas, hubo, y canelo, coigüe lesionados. Algo gritaba el tiple afligido de Adelaida, mientras Liborio trasegaba furioso aquella su marcha insegura, cual otro Perico Villar soñante y tonante clamando como agitado clamaba ¡Alígero! ¡De altozano en collado triunfal asciendo, oh, vida mía, con este mi vuelo insular! Mas Liborio no asciende, mísero implume, y del viejo Villar tan sólo la tara hereda y cultiva ya en su cálido costado.

Respira la humedad y sucumbe.












Matías Paredes Zúñiga (Ancud, Isla Grande de Chiloé, 1996). Escritor. Licenciado en Lengua y Literatura Hispánica con mención en Literatura por la Universidad de Chile; docente de lengua y literatura y de filosofía. Fue primer lugar en la categoría cuento del Premio Roberto Bolaño a la Creación Literaria Joven (2014) y actualmente es candidato a Magíster en Literatura Hispanoamericana Contemporánea por la Universidad Austral de Chile.