[Proyecto Literario] Estructuras materiales de la infancia – Hernán Bello S.

No hay tiempo que perder en este mundo
embellecido por su fin tan próximo.

Enrique Lihn

Al cuerpo del padre muerto

I
No tienen nombre los objetos en la lengua de la muerte. Tampoco caben tres personas y un cuerpo muerto en el mismo dormitorio obrero. Nada hay en la muerte. Ni siquiera un escaso quejido de luz derramándose en el iris seco del ojo muerto. Me inquieta el oxímoron de la flor y la muerte. De la vida y la tumba. Ya la sombra de la sombra de tu voz no se manifiesta en mi oído. No hay viruta que testifique la metamorfosis de la madera. A mal pintar existe la silla que elegiste para la derrota de tu cuerpo. El cuerpo. Por más que digo alma no hay alma. El cuerpo. Un grieta en la inocencia silvestre de la fauna. Soma poliomielítico. Leve fisura en la desgracia de la existencia. Quizá ya de cuánto eres el olvido una transparencia de mala calidad. Cargo ahora la palabra del Padre Muerto. La palabra de madera. La palabra bicicleta-azul. La palabra que no soporta la onomatopeya de la muerte cuando ladra. Una luz mal ejecutada.

II
Una rata oropel atraviesa la noche y simula ser la luz. Adentro la carne muerta. Una lágrima deshidratada disimula no ser una metáfora de la vida. Se ha concertado entonces el encuentro de los sin rostro ante la carne. Unos pretenden ayudar a sentir, iniciada su labor una vertiente improvisada. Un líquido distinto; transicional, bello y luminoso por primera vez y en mi segunda muerte. Más arriba un cuerpo hecho de padre muerto con algunas incrustaciones en alguna madera noble. En tanto yo solo me reconozco en el laurel. Ahora una joya de piel y madera, disputada por algunos pocos dioses. Ahora una transparencia nos priva de tu cuerpo. Que espanto esta sombra tuya del vacío. Que insoportable tanta luz en tanta ausencia en tanta casa. Una ciruela sangra su vejez en la artesa que ya no existe en toda la humedad que ya no existe.

III
Un terreno poblado del vacío. Aguas podridas. Carne subterránea. Más al centro cuelga un cuerpo semidesnudo, ensangrentado y muerto. Otro cuerpo. No miro la mano obrera que siembra tu cuerpo. Semilla de carne y madera. Ya no miro tu muerte de tierra presagio de tu cuerpo. Se humedece una escasa luz en la oscuridad tibia. Ya no huele a cuerpo de padre muerto. Todo sabe a la sal de los ojos. Qué hacer ahora con tanta luz en tanta ausencia en tanta casa. Los ciruelos se recogen en sí mismos. Garlopa oxidada. Mi cuerpo no disimula su huerfanía. Solo un niño acuclillado ante la pavorosa muerte. Ante toda la muerte. Ante toda tu muerte.





Hernán Bello Saavedra (Temuco, 1993). Ha vivido desde siempre en la ciudad de Victoria, Región de La Araucanía. Su llegada a la literatura no es nada azarosa. Su padre, Víctor Bello, escribió durante mucho tiempo de su juventud y adultez. Hernán Bello obtiene en el año 2010 una mención honrosa a nivel nacional en el Concurso de Poemas y Cuentos Infantil y Juvenil con enfoque de género, reconocimiento que lo motivó aún más en el proceso creativo. Hoy, estudiante de Pedagogía en Lengua Castellana, Comunicación y Literatura, director y editor de la Revista Literaria Observatorio [19] y carpintero aficionado.