[Proyecto Literario] El mesías de las bestias – Felipe Pérez

Turbulencia – capitulo 2

Con el pasar de los años, navegando en las turbulencias del peso de nuestra existencia, ahogándome en un nihilismo prematuro, se cumplió el plazo para mi estadía en este cíclico sistema, me tocó ser adulto. Me gustaría hablar de ese pasado con el dolor recalcitrante que sienten los poetas cuando intentan entender las emociones, pero no puedo. Quizá sea consecuencia de la perversidad luchando por afincarse en los campos de mi locura, o solo se hizo una costumbre irrelevante aquello de obviar lo que está pasando en mi corazón por buscar la comodidad en estereotipos residentes en la parte trasera del cerro. Situándome en donde estoy flotando, es un sector entre montañas, un valle, aunque prefiero llamarle, las vegas. Caminando es un paisaje un tanto fúnebre a los ojos del progreso, es una población atravesada por una sola gran avenida, a un costado de ella se ubica el campamento transitado por hijos, inmigrantes y delincuentes y justo en frente, una interminable parcela de viviendas sociales habitada en su gran mayoría, por padres. El sector se tiñe con matices opacos de variantes marrones y amarillas, con uno que otro atisbo de colores brillantes en el mosaico de hogares disfuncionales construidos con los materiales más baratos del mercado, con esa simpleza del zinc 5v y el pino oregón aguantando el temporal. Corren los niños por la calle, es el paco y el ladrón. La música fuerte ambienta la vida, y como la vida misma, ha de ser más visceral que obras magistrales de arte postmoderno, por allí se escuchan los chichos cantando en agudos al ritmo de guitarras y percusiones bamboleantes, y yo los sigo en canto silencioso:

“Qué mal me trató la vida
voy de fracaso en fracaso
la luz que a mí me ilumina ya se está apagando
tú tienes la llave del corazón mío
campo de la bota donde yo he vivido(…)
tienen jinda los maderos
y no camelan entrar ni de día
piensan que esto es un infierno
y no es tan fiero el león como lo pintan
aquí vive bueno y malo tenemos penas más que alegrías
callamos si hay que callarse
nos defendemos y damos la vida
tú tienes la llave del corazón mío
campo de la bota donde yo he vivido”

Como todos, tuve que trabajar para poder sobrevivir, y así fui de pensión en pensión hasta que terminé en esta hermosa decadencia, y digo hermosa sin ánimos de sarcasmo. Vivo con unos ancianos, Gumercindo e Isabel, están juntos desde la dictadura, y hasta el día de hoy transitan juntos a pocas cuadras de donde se criaron, él, es un obrero de la construcción, maestro de tres pilares de este rubro, la carpintería, la gasfitería y la electricidad. Su comportamiento es un poco tosco, esquivo de las emociones, terco por naturaleza, un hombre pragmático. Isabel, por su parte, es más amable, tremendamente humanitaria y siempre tiene una palabra para intercambiar, indiferente al contexto, se podría decir que en su silencio, ya se las vivió todas. El primer día que llegué a su casa, fue una experiencia un poco trascendental.

Cogí mis cosas y me lancé a la vida cuál aventurero hacia la selva, lo primero que noté al salir a conocer el mundo fue que todo giraba en torno a una sola cosa, el dinero. Nada se puede hacer sin él, desde ir al baño hasta tomar un vaso de agua tiene de intermediario aquel rectángulo tan esencial para nuestra existencia, pero no tenemos la culpa, la culpa es del sistema, seguimos siendo salvajes, irracionales, solo que cambiamos la carne y el fuego por el poder adquisitivo.

Cuando salí, busqué un lugar donde dormir, que fuera barato y sin mes de garantía. Busqué por todos lados un espacio que se acomode a mis escasas necesidades, ojeando periódicos y avisos de internet la tarea se volvía tediosa e infructuosa, mientras tanto me pasé alojado en las casas de quienes, conocí niños y se hicieron hombres a la fuerza, uno o dos años mayores que yo, antiguos compañeros de desdicha que si habían encontrado una familia, entre ellos se encontraba el Mauri’, un joven alto y caucásico, su pelo color oro alborotado que caía ligeramente sobre sus ojos esmeralda, le daba un aspecto europeo que no pasa desapercibido en esta zona, la verdad nunca supe como fue a parar en ese antro infernal, repleto de mentes putrefactas e indolentes. Aunque si bien su semblante era el de alguien serio e intelectual, siempre será la persona más frívola y estúpida que conocí, pero me gustaba charlar hasta la madrugada con él, tenía una perspectiva de la vida digna de un libro de Coelho, pero me agradaba, me contaba que tal vez en un futuro sería rostro de una distinguida marca de perfumes, o que evolucionaría para ser como esos modelos pseudo-filosóficos que “le agradan tanto a las féminas”, como solía decir. Eso era lo que buscaba, la admiración constante de toda fémina que lo mirara, yo solo lo observaba tratando de robar un poco de esa esperanza que desbordaba su mirada al imaginar su utopía. Fue en una de estas charlas, precisamente, que me habló de un amigo suyo que conocía una pareja con una pieza disponible a muy buen precio, en “las vegas”, ah ya, dije yo y mi llegada no se hizo esperar. Entré a la población sin conocer a nadie y las miradas de pies a cabeza por parte de los vecinos, con más curiosidad que malas intenciones. Creo que la situación hubiese sido distinta de no ser por los harapos que llevaba puesto. Está en el décimo pasaje a la izquierda a media cuadra, una casa de dos pisos con un jardín bonito y 2 gatos, me dijo la señora. La casa tenía una fachada del siglo pasado, el cercado estaba hecho de fierros delgados que no superan un hombro en altura y el tiempo dejaba su huella sobre ellos con un suavizado en óxido, el jardín lucía bien cuidado y las enredaderas se aferraban a los rosales que era la principal atracción de la vivienda, junto al arcoiris de flores diminutas. Los ventanales estaban cubiertos por unas rejas protectoras resplandecientes en comparación a la vetusta edificación, lucía acogedora.

Toco la puerta y una voz desgastada pregunta con una curiosidad notoria
-Quién es? – una respuesta casi sin pensar sale de mi boca:

Soy yo- me puse el disfraz de imbécil. – Eeeem vengo por la habitación que aquí ofrecen – abre la puerta una anciana de unos 60 o 70 años, bastante afable, me invita a pasar. El interior es como me lo esperaba, muebles rebarnizados ubicados en lugares estratégicos para ocultar los desperfectos. Unos sillones aterciopelados en el living me dan la bienvenida. La mesita de centro luce fotos de mejores días, al igual que las que cuelgan en las paredes desteñidas, alguna vez, intuyo, verde musgo. Toda observación se vio interrumpida cuando la anciana da un grito estridente:

-VIEJOOOOOOOO UN JOVENCITO VIENE A VER LA PIEZAAA, APÚRATE PUÉ HOMBRE – Unos fuertes pasos casi instantáneos sacudieron el polvo sobre las tablas desgastadas de lo que más tarde sería mi techo, cada paso transmitía la seguridad de aquel hombre haciendo estremecer la vivienda con un ruido intimidante, cada paso me hacía dudar de mi decisión, como si los recuerdos de mis cuidadores se escaparan de su prisión oscura para hacer estragos con mi ser.

Echo un vistazo a la escalera en forma de espiral, ubicada al fondo de la habitación y un botín comenzaba a asomarse en el último escalón e inmediatamente me levanto de mi asiento, pasando a tocar con mis rodillas la mesa de centro, mas por miedo que por educación mi postura se vuelve sumisa, aunque era un neófito a la hora de socializar, creo que me comporté adecuadamente, o al menos allí estaba, con un miedo irracional carcomiendo mis entrañas, como si fuera un condenado dirigiéndose a la horca por un crimen que no cometió, tan solo con la ilusión de que el paraíso esté dispuesto a abrirle sus puertas. El jubilado se tomaba todo el tiempo del mundo, descansando dos o tres segundos en cada escalón, y poco a poco su figura se volvía más imponente, su compañera esperaba paciente a los pies, relajada y siempre sonriente. Cuando su pie tocó el suelo pude dimensionar minuciosamente su figura, una boina negra cubría su corta cabellera cana, rasgos indígenas acentuaban la braveza de aquella mirada penetrante e introspectiva. Me analiza de pies a cabeza frunciendo el ceño, mientras camina pausadamente hacia mí y se para en frente. Sin decirme una palabra, mueve su cabeza y su mirada hacía el sillón, solamente para volver a posarla sobre mí, entendí que debía sentarme, a lo que hice caso sin siquiera pensarlo, el aire se tornaba más denso, casi podía sentirlo presionando mi pecho, pero todo se disipó al ver la sonrisa que dibujó su rostro cuando invitó a su esposa a sentarse junto a él. Estábamos los tres como entes silentes, mirándonos desconcertados mientras el tic tac del reloj era lo único que irrumpía en el silencio, no podía articular palabra alguna, estaba como en una de esas pesadillas en las que algo distorsionado te persigue y tú intentas pedir ayuda, pero la voz no te sale, me bloqueo y comienzo a ver mis manos, juego con ellas, y sudo. Esto de verdad me está superando, me estoy desesperando, no puedo, no, no puedo. mi visión se nubla, se me tensa la mandíbula, quiero pedir ayuda…

-¡JOVEN! ¡JOVEN!
-Ah?
-¿Escuchó lo que le dije o se está sirviendo los mocos a cucharadas? – exclamó el jubilado.
-¿Podría por favor repetir la pregunta? – Con voz grave y cantada me responde – me están huebiando joven, no le pregunté nada, le expliqué las reglas de la casa, aquí mando yo y me está faltando el respeto.
-Gumer no te esta faltando el respeto – interrumpe Isabel- el joven está cansado no más, que tanto problema con eso, ¿cómo se llama usted, niñito?
-Jhony Cáceres Galdamez.

Conversamos largo rato sobre lo demás, las condiciones de la pieza, precio, etcétera. Acordamos el trato y al día siguiente iba a estar instalado. Entre toda la conversación, se me hizo de noche, salí para devolverme donde Mauri y preparar todo para mañana. Es anaranjada la luz que atenúa las calles, solo susurros acompañan mi paso, risotadas a lo lejos. Doblé en una esquina. enciendo un pallman rojo y pienso en mis acciones un poco más de la cuenta. Pasa un auto, se baja sujeto 1 y el sujeto 2 se queda en el auto. Sujeto 3 estaba en la vereda, sujeto 2 retrocede, gira el auto en media vuelta, abre la puerta del copiloto, está listo para partir, mientras sujeto 1 levanta el arma con ambas manos y dispara 2 veces, sujeto 3 recibió 2 disparos en el pulmón. Estaba bajándose de la yipeta. Muerte por asfixia en su sangre, sujeto 1 baja la pistola, mira en todas las direcciones, soy el único vivo en la calle. Cruzamos las miradas, va trotando con la pistola en guardia, – Eso le pasa a los giles, ¿Cierto? – dice con la mirada de hielo, al sujeto 3 lo suben al jeep. La muerte es lenta y dolorosa. sujeto 1 sube a su auto y en el mismo movimiento cierra la puerta, sujeto 2 completa la vuelta. Se van, en direcciones opuestas. Despierto donde el Mauri con la piel de gallina. No recuerdo cómo llegué a casa. Abro Facebook y es emergencias araucania el medio.

Joven de Arica es encontrado muerto en la vía pública, se presume ajuste de cuentas. Vecinos del barrio inglés cansados de la delincuencia en Temuco.






Felipe Sebastián Pérez Cid (1998). Nacido bajo el vuelo del Mariposa, en la parte de la ciudad que se oculta del desarrollo, tras el cerro, el 19 de julio de 1998. Nací parte de los sin nombre y absolutamente prescindible, desarrollé un gusto al terror cósmico y a los poetas malditos en 2007, entre otras experiencias de hampones que no le incumben a la academia, pero sí a la literatura. El hecho más importante de mi vida es mi madre, María, y mi hermano, Benjamín. Estudiante de Pedagogía en Lengua Castellana y Comunicación en la Universidad Católica de Temuco. Editor revista Observatorio [19]