[Microcuentos] Jorge Antonio Osorio


Calce perfecto
Ella era escritora. Él, disléxico. Ella adoraba la novela. Él, la poseía.

Lazos involuntarios
—Somos el uno para el otro— le dijo él.
—Sí, somos el uno para el otro— le dijo ella.
Detrás de la cortina, el otro sonreía.

Edad dorada
Es costumbre presumir los juguetes el día de Navidad, dijo la oronda de 65, del brazo de su toy boy.

El coronel no tiene quien lo mande
Lo de carabineros responde a casos particulares, porque generales ya no quedan.

En lo más alto
Primero, una moto; luego, un jeep. Después, concreto donde había solo volcanita. Al año siguiente, tres pisos en lugar de uno. Al cabo de cinco años, una esposa y dos amantes. Muchos amigos, también; algunos enemigos, por cierto. El reputado Eulogio, líder del cartel de la zona sur, fue acribillado por sus rivales. En su funeral, fue unánime el reconocimiento por lo lejos que había llegado.

Obra definitiva
Sus primeros cuentos incluían ancilar, retahíla, transido, ecléctico, abyecto y refractario. Luego de los asedios a su narrativa y a múltiples señales de insatisfacción en sus lectores, optó por una prosa plana y un léxico escueto, que no pasaba de lánguido y alicaído. Sus críticos levantaron de inmediato la tesis del ghost writer, un académico novel que habría sostenido la producción anterior y que seguramente acababa de abandonarlo. Herido en su orgullo, quiso poner las cosas en orden y se dispuso a iniciar su gran obra. No un cuento, ¡no!, sino una novela de largo aliento, por lo menos mil doscientas páginas. Imaginaba restregándoselas una a una a sus detractores, para que se irritaran con ese caudal/manantial/torrente léxico. Pero cuando el infortunio llega, no hay más que decir. El cáncer lo atropelló con tal violencia que no alcanzó a escribir ni una sola línea. Su único hijo, por toda herencia, recibió un diccionario de sinónimos y antónimos, bastante más extenso que su duelo.

Desde el rincón
Mientras come tímidamente las ramitas con sabor a queso, Raulito mira los festivos cuerpos que se contonean, provocadores, a punto de cruzar el umbral de la promesa erótica. Esos cuerpos que quizás se encontrarán perfectamente horizontales antes de que acabe la noche, provocando en Raulito la frustración propia del que parece destinado a esperar.

Suena El galeón español, pero el ímpetu, más mental que físico, dura exactamente diez segundos.
El objeto del deseo se ha alejado para ser recibida por un bailarín igual de torpe en la cumbia, pero más presto en los gestos del cortejo. Las ramitas se van acabando al mismo ritmo con que las parejas van haciendo mutis por el patio. El año nuevo despunta al son del reguetón. Desde un rincón, Raulito piensa que deberá extender su consumo de ramitas por un año más.

Convicción
El veganismo es el apio del pueblo.

Regocijo
Los consumistas más recalcitrantes pasan Navidad con sus enseres queridos.

Gusto cultural
Lo que me gusta de los cubanos es que te dicen las cosas como son.

Lanzado
La invito a cenar. Acepta. Le ofrezco pasar a buscarla. Acepta. Le ofrezco un aperitivo. Acepta. Le ofrezco un bajativo. Acepta. Le ofrezco llevarla a bailar. Acepta. La invito a un motel. Me rechaza. Desde lo alto del puente, me impulsa el alivio de saber que será el último rechazo.






Jorge Antonio Osorio (Hualpén, 1969). Profesor de lingüística. Ha publicado artículos y ensayos en el campo de las ciencias del lenguaje y la enseñanza de la lengua. Es coautor y editor, entre otros, de Recorridos de la metáfora (Cosmigonon, 2011). Ha sido profesor en la Universidad de Concepción (2004-2012) y, actualmente, en la Universidad Católica de la Santísima Concepción. Ha colaborado como autor en la Revista Mocha (Concepción, 2013) y como productor en el proyecto de difusión literaria La Micro en Marcha. En 2020 publicó Causas pendientes (Santiago: Sherezade), título al que pertenecen los textos seleccionados.