[Cuento] Apofenia – Karla Manzano

Mientras lo esperaba se puso a leer un poema y las palabras “hay días que son como la extensión de la carne” resonaron en su cabeza y en lo que estaba a punto de presenciar. Así que le tomó una captura a su celular y lo agregó a la carpeta donde guardaba más cosas de ese estilo. Donde guardaba todo. Le gustaba capturar esas cosas pero no las conversaciones, o sí, pero no compartirlas. Había conversaciones que se podían compartir pero las que tenía con él prefería disfrutarlas sola. Después de todo no tenía nada que demostrar y eso era lo que le gustaba de su vínculo con L.

Había esperado ese encuentro mucho tiempo así que todo lo que estaba sucediendo parecía raro pero bacán. Escogió leer mientras lo esperaba, nunca lo hacía en lugares públicos porque no se concentraba cuando no se sentía cómoda y  los espacios abiertos la hacían sentir así. Pero esta vez decidió hacerlo porque era peor esperar sin hacer nada y mirar sus redes sociales no parecía atractivo. Este encuentro era casi como lo que había esperado hace años ya. Había escrito un poco de eso y a pesar de que todo lo que había escrito anteriormente le molestaba o avergonzaba, le agradaba la idea de retomar esa historia.

Se había acordado de él, siempre se acordaba de él y aunque ya no releía hace rato lo que había escrito, si L. la invitaba a salir (como lo hizo) ella iba a aceptar.

−Podemos ir al cerro, dijo L. a ese cerro. 

A las 5 era el encuentro, pero L. llegó a las 5:20. En el fondo C. sabía que no llegaría a la hora pero no le gustaba ser la que llegaba tarde cuando estaba nerviosa. Cada vez que alguien pasaba cerca pensaba que era él, se imaginó una entrada donde él llegaba por atrás asustándola y estaba actuando en función de eso, pero una vez más la vida le demostró que las cosas no podían ser como se las imaginaba o tal vez un poco.

No llegó por detrás, llegó por el frente y vio su mitad de expresión sin mascarilla un poco nerviosa. Lo saludó con un movimiento de mano desde lejos y esperó que se acercara. −Hola –Hola, tanto tiempo−, toda esa introducción que probablemente no recuerdan y −vamos a comprar unas chelas− fue lo primero que sucedió. Ella también tuvo esa idea pero pensó que quizá le daría un giro distinto a la salida y sí lo hizo. Entraron a un supermercado a comprar unas chelas, ella iba atrás y observaba su caminar, era un poco afeminado y eso le gustaba, quizá nunca le prestó atención antes porque nunca estuvo lo suficiente sobria o quizá su forma de caminar había cambiado, es que la verdad estaban cambiados aunque ella pensara que seguía igual y que todos habían cambiado menos ella.

Caminaron y hablaron haciendo un recorrido que ya habían pisado antes, como si el camino hubiese estado marcado. Ella se acordaba de todo y trataba de no traer esos recuerdos a la mente porque no era necesario. Él estaba al lado suyo. Pasaron por una casona vieja que nunca habían visto porque en realidad en la oscuridad no se veía. Buscaron un lugar para sentarse y conversaron toda la tarde. C le contó la idea del cuento que estaba escribiendo aunque pensaba que sería mejor escribir de eso, de esa tarde, de ese momento en que le contaba la idea de lo que quería escribir. Eso iba a superar su otro cuento tal vez. Nunca le quedó claro si le gustaba lo que escribía o si le gustaba vivir esas cosas para después escribirlas.

Hablaron de Briceño y escucharon a Briceño, ambos lo seguían y se sabían casi la mayoría de sus canciones como muchos otros pero en realidad a ella le gustaba más por la música que por la persona. En cuanto a él ella sentía que él era mucho más fans que ella pero que en el fondo lo escondía. 

Después de que se juntó con L. se preguntaba qué había en los encuentros casuales que le producían tanto placer momentáneo. Se acordó del diagnóstico que le hizo una psicóloga hace años “relaciones superficiales”. Era cierto, tenía sus amigos pero por alguna razón no le gustaba abrirse en su interior, siempre le había dado vergüenza mostrar lo que era. Se lo había mostrado a muy poca gente y gente que ya no estaba en su vida. Quizá, pensaba ella, se habían (había) ido porque la conocieron (conoció) bien.

“La misma tarde que me cambié de casa (…)” hablaron toda la tarde sobre la vida de L en la ciudad donde había estado y lo que había hecho mientras estuvo ausente. En los años que habían pasado se habían puesto en contacto un par de veces. Ella lo saludaba siempre en su cumpleaños y aprovechaban de ponerse un poco al día. Por fin había cambiado algo, pensaba ella. Se sentía más cerca de lograr algo o al menos se sentía más en paz por estarse moviendo en función de ello aunque fuera lento. La última persona que le había roto el corazón también le había despertado el ímpetu de nuevo. Tenía que cambiar.

−Debe ser bacán tener una familia tan talentosa como los Parra dijo C. Y luego se respondió así misma diciendo que sí, pero que también justo se había cuestionado eso hace poco y que quizá nacer con padres artistas te hacía odiar el arte. Es como nacer con papás “normales”, eso hace que te aburra la vida cotidiana. Hay incomodidad y esa incomodidad es la que hace el arte. L. asintió con los ojos que dejaba ver la mascarilla que aún traía semipuesta. C no se percató de eso hasta un poco más tarde.

−Éramos bien bizarros, dijo ella. Una frase que había esperado decir hace mucho tiempo como un logro, algo que había tachado de las cosas que tenía que decir. Una de las tantas cosas que había desbloqueado esa tarde. Como si diciendo eso arreglaría la imagen un poco corrompida que pensaba, él tenía de ella. −Éramos jóvenes y hacíamos cosas que algunos no hacen porque son fomes, agregó L. Ella no se imaginaba que terminarían igual o peor que años atrás.

“Me sentí observado por primera vez, realmente observado (…)” Cuando iba caminando a su casa recibió un llamado, era él para preguntarle si había llegado bien. Ella le explicó que iba caminando a su casa porque se bajó antes del uber (en realidad, de un taxi) para que no le cobrara tanto. Tomó un Taxi, porque por el toque de queda no había vehículos disponibles y no tenía otra forma de llegar a su casa. No quiso decirle a L. que había pagado 10 lucas por un taxi. No quería ponerle precio a su tarde juntos. Sería algo así como revelar la importancia que para ella tenía ese encuentro.

Además tenía que entregar un trabajo, pero no lo envío porque le dio sueño tanta cerveza, así que le envió un mensaje a L y después se durmió. Al día siguiente pospuso también unas clases que tenía que hacer y se pasó todo el día ahogada y aburrida. Era lo que sucedía con estos encuentros. Eran lo que eran en el momento y después el vacío. Lo que en un principio le revolvía el estómago después pasaba a transformarse en culpa. Venía todo el escenario de la tarde de nuevo.

−Quiero más chela, le dijo ella. −Es la última, y yo que pensaba que iban a sobrar, dijo L. En realidad ella también lo pensó pero no quería irse y siempre la última cerveza significaba eso, así que le dio un sorbo. C le sacó una foto al cielo, ya se estaba anocheciendo y lo habían visto pasar, porque nunca estuvieron mirándose de frente. Ella jugó todo el rato con una rama haciendo dibujos en el suelo. Corazones. Hasta que fue consciente de su significado y dejó de hacerlo. Él estaba sentado un poco más arriba.

Fue de noche y fue también cuando C se dio cuenta de que L traía la mascarilla puesta aún. Se lo hizo saber, le hizo saber que lo quería besar. Después de la última vez que fueron al baño entremedio de los árboles del cerro, quedaron sentados más cerca en comparación a la gran distancia que habían tenido toda la tarde. Esperaron a estar ebrios como siempre.

Se besaron y se tiraron de espalda en el suelo, estaban en una bajada así que se resbalaban y eso los entorpecía cada tanto. C le preguntó si tenía condón y él le dijo que sí. Ella lo habría hecho igual si él no hubiese tenido uno. Intentaron de muchas formas pero hacerlo en el suelo nunca fue cómodo y no estaban tan ebrios para esta vez no darse cuenta.

Era raro tenerlo encima, su cuerpo era más menudo que el de ella, se notaba cuando lo besaba o cuando tocaba su espalda, sus hombros. También se notaba que había pasado tiempo y que ya no era tan joven. La tomó bruscamente y la dio vuelta para intentar en esa posición. −No entra, dijo él, y eso le causó cierto rechazo a ella. Sintió que eso era innecesario, que era innecesario que lo hicieran.

L fue la última persona que conoció antes de enamorarse de verdad y no había recaído en eso hasta sentirse mal de nuevo. Se fumó un cigarro en su patio que parecía aún más pequeño, seco y sin pasto, sentada en el tronco donde picaban leña y se vio como tantas otras veces en ese lugar. Siempre que fumaba de día era porque tenía algún problema con ella misma. Ese día descubrió que los encuentros casuales ya no le significaban lo mismo, que a veces era mejor aburrirse, aguantarse a uno mismo. Ese día decidió  terminar el cuento que había empezado a escribir.





Karla Manzano (1994) Licenciada en educación. De Labranza, Temuco. Leo menos de lo que debería y cuando lo hago me gusta leer a mujeres. También la escritura autobiográfica, los diarios de vida, novelas, la música y la bicicleta.