[Reflexión] Notas en torno al habla de las ruinas – Eduardo Aguayo y Mariela Fuentes.

En este texto nos gustaría compartir algunas ideas acerca de lo que hemos llamado “el habla de las ruinas”, los distintos modos de significación que estos espacios vestigiales configuran como lugar material y alegórico. Esta reflexión se dio en el marco de un proyecto de cooperación internacional ANID REDI 170211, que contó con la colaboración de investigadores de la universidad de Yale, Universidad de Connecticut, Universidad de Barcelona, Universidad de Concepción, Universidad de Playa Ancha y Universidad Católica de la Santísima Concepción, y que ofreció un espacio interdisciplinario de reflexión crítica, diálogo y divulgación a académicos, investigadores y artistas interesados en el tópico de las ruinas en Latinoamérica. Partimos por concebir estos lugares de instancias de creación y crítica donde se valoriza la fragmentación de la memoria y el espacio se hace tiempo a través de su representación y puesta en discurso. En este sentido, las líneas que siguen buscan sintetizar algunas de las ideas surgidas al respecto, apuntando a contestar cómo construimos sentido desde las ruinas y, al mismo tiempo, cómo construimos sentido sobre la ruina.

Una idea clave de nuestras lecturas surge de constatar que las ruinas nos enfrentan a una materialidad que parece condensar todos los estados del tiempo, aunque sin duda su carácter residual nos remite directamente al pasado, incluso si la distancia que nos separa del momento de lo ido es apenas perceptible. Eneas, fugitivo junto a los pocos que lograron escapar de la devastación de Troya, detiene su marcha en la colina donde se yergue el santuario de Ceres, diosa de la cosecha y la fecundidad, solo para constatar que en la huida ha perdido a Creusa, su infeliz esposa. Regresa entonces a una ciudad que aun arde pero que, arruinada, ha dejado de ser: “Vuelvo primero al murallón oscuro/ y hacia aquellos umbrales y a las puertas/ por donde hace un momento hemos salido/; y, yendo más adentro, paso a paso, sigo las huellas frescas de la senda,/ escrutando doquiera con los ojos. Todo es horror, y soledad y luto, y hasta el silencio mismo infunde miedo” (Virgilio 2010: 100).

Sin embargo, lo común es que la ruina nos enfrente, en sus formas más arcanas, a un pasado insondable, conformado por los siglos y milenios que se acumulan en lo que resta de la materia y que tornan la obra de las manos en algo casi irreconocible: una pared barrida por el viento, un monolito tragado por la tierra, unas columnas cubiertas por la selva. Ante la profundidad que abre tal experiencia del tiempo, la finitud humana se abisma y enmudece, desquiciándose el sentido del mundo en una perplejidad sublime que fue, para los románticos, uno de los accesos a lo sagrado: no sabemos si el tótem que corona las ruinas circulares del famoso relato borgeano representa un tigre o un caballo de piedra; apenas sabemos que nos encontramos frente a un templo “que tuvo alguna vez el color del fuego y ahora el de la ceniza, […], que devoraron los incendios antiguos, que la selva palúdica ha profanado y cuyo dios no recibe honor de los hombres” (Borges 2014: 123).

Pero pese a las potestades del pasado, debemos recordar que es solo desde el presente, desde lo que persiste, que podemos acceder al tiempo abierto por las ruinas, siendo la nostalgia una de las formas más comunes de transitar tal camino, a través del dolor que siente el expatriado por regresar a casa o, mejor dicho, por la imposibilidad de lograrlo: “si tan solo estos escombros pudiesen volver a albergar la vida…”. La ilusión del retorno y su desengaño ante la naturaleza irreversible del pasado –pensemos en Odiseo abandonando una vez más su Ítaca natal– abunda en la literatura, pero también –o tal vez por lo mismo– permea nuestros imaginarios cotidianos. La vemos, por ejemplo, expresada en la búsqueda más o menos inorgánica de conocimientos tradicionales que las tribus nómadas de principios de este siglo XXI llevan a cabo entre los restos del mundo pre moderno: yerbas, amuletos, ciclos lunares, prácticas corporales, conjuros, invocaciones.

No obstante, la pasión romántica que se anida en la añoranza de una época perdida es solo uno de los caminos que abre nuestro diálogo con sus ruinas. Tlatelolco, Chernóbil, la Habana Vieja son lugares cuyas ruinas nos interpelan para hablarnos de proyectos políticos cuya conflictiva actualidad se proyecta a las comunidades por-venir. ¿Cómo habitaremos un mundo arruinado? Naomi Klein, en su ensayo La doctrina del shock (2014), explicó en detalle cómo el despliegue global de lo que llamó capitalismo del desastre trajo consigo la implementación de prácticas económico-políticas que no solo confunden destrucción y creación sino que avanzan, precisamente, produciendo riqueza a través del despojo, como testimonian los restos humeantes de las ciudades del medio oriente; desde otra vereda, el cubano Antonio José Ponte aborda desde la ficción cómo la estetización de la miseria urbana de La Habana Vieja oculta y acaso justifica el fracaso de la utopía totalitaria socialista en Un arte de hacer ruinas y otros cuentos (2015). La ruina de la proliferación descontrolada, por una parte, la ruina de la carencia sin fondo, por la otra: “¿dónde construir una morada para abrigar la vida, en un mundo que se sostiene derrumbándose?”.

Demos un último rodeo a esta imagen. Juan Eduardo Cirlot señalaba, en su Diccionario de símbolos, una significación alegórica de la ruina que, en su transparencia, pecaba casi de literal: las ruinas “significan destrucciones, vida muerta. Son sentimientos, ideas, lazos vividos que ya no poseen calor vital, pero que todavía existen, desprovistos de utilidad y función, en orden a la existencia y el pensamiento, pero saturados de pasado y de realidad destruida por el paso del tiempo.” (2007: 396); la realidad de nuestra propia (pos)modernidad nos conduce, no obstante, a una forma mucho menos canónica de interpretar este signo. Pensemos, por ejemplo, en la vindicación de la ruina instalada metódicamente en las calles de nuestras ciudades tras el estallido social que explotó contra años de arruinamiento colectivo. “Destruir todo para que nazca un nuevo Chile” es una idea recurrente en muchos de quienes se afanan en demoler lo construido, picando veredas, quemando edificios, arruinando lo que perciben ya arruinado para que, desde esa destrucción, nazca lo nuevo, lo vivo. Pareciera ser que los escombros, signados como punto de inicio para una reconstrucción, son fragmentos que quiebran e infraccionan una nación descompuesta y sus códigos de orden y progreso, abriendo una hendidura por la que el habla ruinosa toma la palabra, como una extraña positividad que surge de la multiplicación alquímica de negativos.

Las contingencias de nuestra ruina se han articulado, eventualmente, con la sombría imagen de la actual pandemia, probablemente el evento que consolida el despliegue de una era global y abre un horizonte histórico preñado de turbulencia e incertidumbre. Sin duda, el avance del virus ha ido develando y profundizando las grietas de pobreza y desigualdad sobre las que descansan los frágiles fundamentos de la convivencia, siempre próximo al colapso. Pero el temor de unos o la esperanza de otros frente a la idea de un derrumbe definitivo del sistema-mundo occidental tal como lo conocemos -predominante a inicios de la pandemia- ha ido cediendo espacio a relatos que narran el habitar cotidiano construido frágilmente en los bordes de la vida. “Como nunca antes en su historia, la humanidad se enfrenta a su ruina total” repite el mantra de los mensajeros del fin, y muy probablemente sea así, pero también es válido cambiar el foco ante el desastre y preguntarnos, como Borges: “¿Es un imperio / esa luz que se apaga / o una luciérnaga?” (1998: 631). Cada fin es El Fin así como cada muerte es La Muerte, y andando ese camino de ida y regreso insistimos en vivir, a pesar de todo.

Preguntarnos acerca de la ruina como sustancia, cualidad o acto, en síntesis, es un ejercicio que nos permite transitar por los límites que separan aquello que pensamos y sentimos como pleno de aquello que nos abandona y hace señas mientras se encamina hacia la nada. En ese trayecto presente, pasado y futuro nos tensionan para hablarnos de sus conflictos y contradicciones. La inerte maraña de escombros conmueve, atemoriza, enardece, pero al mismo tiempo reafirma la persistencia vital de quien los contempla. ¿Dos caras de un mismo plano? Puede ser; a fin de cuentas “El desastre lo arruina todo, dejando todo como estaba” (Blanchot 2015:1).

Bibliografía:


Borges, J.L. (2014). Cuentos completos. Buenos Aires: Debolsillo.
Borges, J.L. (1998). Poesía completa. Buenos Aires: Emecé editores.
Blanchot, M. (2015). La escritura del desastre. Madrid: Trotta.
Cirlot, Juan Eduardo. (2007). Diccionario de símbolos. Madrid: Siruela
Klein, N. (2014). La doctrina del shock: El auge del capitalismo del desastre. Barcelona: Grupo Planeta.
Ponte, J. (2005) Un arte de hacer ruinas y otros cuentos. México D.F.: FCE.
Virgilio. (2010). La Eneida. Egidio Poblete (Trad.) Santiago de Chile. Editorial Universitaria.







Eduardo Aguayo Rodríguez. Doctor en Literatura Latinoamericana por la Universidad de Concepción, académico del Departamento de Cs. del Lenguaje y Literatura de la Universidad Católica de la Santísima Concepción.

Mariela Fuentes Leal. Doctora en Literatura Latinoamericana por la Universidad de Concepción, académica del Departamento de Español de la Universidad de Concepción.