[Ensayo] El caudal y la niñez – Hernán Bello

Cuando hablamos de -realidad-, nos es difícil contemplar en su significado la carga semántica y multidimensional que podría poseer el concepto. Quizá, cabría preguntarse, incluso, qué es o no es lo real frente a tantas contradicciones posibles en lo humano. Real, es aquello que tiene “existencia objetiva”, dice la Real Academia Española. Otros dirán que la realidad es creada por el lenguaje, o sea, no hay realidad si no hay lenguaje y otros tantos más, dirán que la realidad es una “convención social”, al alero de la sociología. Lo cierto es, al menos humanamente hablando, que no todos vivimos la misma realidad. La vida de un niño en La Araucanía no es la de un niño en Lo Barnechea, ni la de este último es la vida de quienes habitan el río Mapocho en la misma región. La realidad del río Mapocho es un submundo, una vida subterránea donde las flores igual florecen, pero presentan una extraña belleza en un entorno que huele a orines y agua sucia, atravesados por un caudal violento y veloz.

De este modo, los ríos han sido, en la historia universal, un espacio de vida al que el ser humano acude por necesidad, belleza o maldad, según su realidad. El Río (1962), del chileno Alfredo Gómez Morel, probablemente narrando una infancia en el Santiago de Chile de 1920 en adelante, no es el río de la belleza y la diversión, es el río que cubre la necesidad y actúa en una pedagógica función, formando en la delincuencia y la deserción social. “En los Vedas, las aguas reciben el apelativo de mâtritamâh (las más maternas)” (Cirlot, 2004). Quizá por ello, niños y niñas, no solo de la India, acuden a las aguas “maternales” del río, cuando la falla del sistema social se suma a la falla maternal y paternal biológica y quizá, a la vida. ¿Será que los niños y niñas del SENAME, han acudido al río buscando refugio y pan, huyendo de la realidad que financia el propio Estado? Espero que no todos.

La realidad, las aguas y la infancia, confluyen todas en la novela de Gómez Morel. Un amasijo verdadero y a veces sórdido, al que el poeta del Canto General denominaría como “un clásico de la miseria” en el prólogo para la edición de Gallimard (1974). Una novela autobiográfica descarnada, honesta y bella. Sí, bella, de esa belleza que reside solo en la pobreza. Un niño abandonado en un conventillo a meses de haber nacido, un padre ausente, abusos, robos, malos tratos… el sistema fallaba una vez más en la vida de Gómez Morel, como hoy, empujando infantes a la ribera del río. Será la vida subterránea, entonces, la que lo forjará en el mundo del hampa. ¿No son acaso estos datos, similares a los que encontramos en la vida de Cristóbal Cabrera? Un niño que a los 10 años hizo noticia por varios asaltos y el robo de un vehículo en la capital nacional. Este Chile adolescente del nuevo milenio, pienso, tiene niños de 1920.

Así como Alfredo Gómez, Cristóbal Cabrera no tuvo otro camino. Pensando en el español, Ortega y Gasset, diría que es el entorno, las circunstancias y el contexto los que vienen a determinar la vida de estos dos “personajes”. El determinismo social (o biológico), del que se nutre la novela naturalista con Émile Zola, por ejemplo, es lo que esta novela arrastra como un lastre durante toda su ejecución. Narra los pasajes de la vida de un niño que no tuvo otra opción más que ser un delincuente en potencia. Por malos tratos, por abusos indiscriminados y transversales, abandonos reiterados y un cúmulo de malas experiencias, que nunca debiesen estar a disposición de los ojos o los oídos sensibles y absorbentes de un niño.

Esta novela es un ejemplo lamentable de cómo hemos repetido la historia. Cien años después, la historia de Gómez Morel se reitera día tras día en la “posmodernidad” que vive todo el mundo. ¿Podemos asegurar que no existe niño o niña alguna en este país, que viva en la calle delinquiendo? No, claramente no. Pero sí podemos asegurar que más de un niño vive en la calle. Sin datos, nombres o estudios, podemos asegurar que más de un niño duerme en la calle con hambre y frío porque sí, porque la vida, “porque los pobres y los ricos/ A otro perro con ese hueso”, diría Lemebel. Parece que la costumbre y la tradición, no son solo una empanada y una copa de vino, es también la de criar niños y niñas en la calle, víctimas de cuanto el ser humano pueda ser víctima.

Por lo anterior, es preciso pensar en la fatalidad con la que falla el sistema y la institucionalidad como en efecto dominó; falla la familia, la escuela, la iglesia, la sociedad en su conjunto. Los padres y madres de niños que habitan la oscuridad espesa del río, son entonces los niños de antaño de aquel río, de aquella otra sociedad que fallaba en su tiempo y a su manera, sistemática e institucionalmente. La paradoja de “nacer para vivir muriendo”, cobra un sentido aún más lastimoso en estas circunstancias. ¿Cuánto más vamos a fallarles a ellos? Quizá algún tiempo más. Antes, debemos sobrevivir a las mutaciones de algún coronavirus y de inmediato, saber cuántos peces han comido mascarillas. Por lo menos.

La miseria humana queda de manifiesto en la vida de los niños abusados en cualquiera de sus horrendas formas. El niño que protagoniza la novela que he convocado para esta reflexión, en el capítulo titulado El padre Francisco, en dos o tres hojas, narra los reiterados abusos sexuales que sufrió por parte de dicho padre. La genialidad escritural de Gómez Morel, queda grabada lastimosamente como en piedra en un par de hojas, recordando y detallando la violencia sexual de la que fue víctima a manos de quienes se supone, debían protegerlo.

Asimismo y como antes he señalado, me parece de una importancia capital la lectura de narrativa chilena de la década de 1920 o 1930. Extraer de ella la realidad en su contexto, comparar aquellos años con los nuestros y ocuparse efectivamente de las falencias estructurales de esta construcción llamada República de Chile. Construir, precisamente, usando la historia como una base consistente de lo que pretendemos fabricar hoy en términos sociopolíticos y culturales, para finalmente ocuparnos de la educación preescolar, básica, media y superior. Así, y solo así. Porque no podemos pretender que un niño o una niña, inmersa en una realidad como la infancia de Gómez Morel, abusado, hambriento y abandonado, lea un poema de Enrique Lihn solo por el goce estético.

Por último, sostengo que la novela El Río (1962), como también Los hombres oscuros (1939) o La sangre y la esperanza (1943) de Nicomedes Guzmán, sirven para leerlas hoy y reflexionar en torno de cuánto de aquellas historias se ha superado en este Chile actual, muchas veces tan doloroso. Es decir, podemos encontrar en la literatura chilena las historias de vida de personas comunes; sus dolores, opiniones, instintos o realidades. La novela de Alfredo Gómez nos enrostra la grieta eterna: nunca hemos logrado salvaguardar la niñez.

Fuentes:
-Cirlot, J. E. (2004). Diccionario de símbolos. Siruela.
-Lemebel, P. (2000). Loco afán. Mallolafken Ediciones.







Hernán Bello Saavedra (Temuco, 1993). Ha vivido desde siempre en la ciudad de Victoria, Región de La Araucanía. Su llegada a la literatura no es nada azarosa. Su padre, Víctor Bello, escribió durante mucho tiempo de su juventud y adultez. Hernán Bello obtiene en el año 2010 una mención honrosa a nivel nacional en el Concurso de Poemas y Cuentos Infantil y Juvenil con enfoque de género, reconocimiento que lo motivó aún más en el proceso creativo. Hoy, estudiante de Pedagogía en Lengua Castellana, Comunicación y Literatura, director y editor de la Revista Literaria Observatorio [19] y carpintero aficionado.