[Editorial] “Alguien se sienta a escribir determinado por la desesperación”

Esta cita de Maurice Blanchot determina los asuntos de la siguiente editorial, en particular el lugar de la autoría. Entre autorías y autorías, la obra por sí sola asoma. ¿Puede el objeto (la creación) vivir sin su productor? Claro que sí, y es más, vive plenamente tendido en la comodidad del anonimato. Quiero decir, no necesita el Cantar de Mío Cid una autoría a la cual se adscriba, porque la obra habla por sí sola; narra y educa. No precisa de una voz mortal que la lleve de un lado para el otro, la defienda o la difunda. Es tal la maravilla del insoportable anonimato, que la famosísima epopeya griega tuvo que ser atribuida a alguien de su talla, alguien que la soportase y la mereciese. Quizá, la mayor discusión respecto de la autoría, es aquella que problematiza incluso la existencia: ¿Quién creó todo esto (el mundo, la vida…)? Si la presencia humana, animal y terrenal es un objeto creado, ¿puede el ser humano y su entorno ser anónimos? El problema de la autoría, germina cuando el objeto consultado supone una “grandeza”, nos dice algo humanamente importante y, pues, ¿quién lo dijo? Por el contrario, está la autoría que parece no importar o, ¿conocemos acaso, con nombre y apellido, al autor que limpió el pastizal de la casa?

En la actualidad, la autoría, parece ser una entidad por sí sola, independiente del sujeto, un juego metafórico entre quien se es y quien se quiere ser. Como entidad misma parece prescindir de la materialidad del cuerpo y basta con señalar un nombre conocido para saber que el asunto es serio, se teme a la apropiación intelectual y por eso se insiste tanto en poner etiquetas en cada párrafo señalando autor, fecha y número de página.

La muerte del autor, como plantea Barthes, y el surgimiento de la escritura es un ideal, pero es un ideal complejo para las autoras que, hasta hace poco, casi no tenían existencia en el canon, tampoco sus obras, y éstas han sido desenterradas en el último tiempo como una manera de reivindicar, revalorar e instalar en el canon tanto a la voz como a la obra. Y es problemático, porque parece que mientras más compleja, más sufrida y suicida sea la autora más nos interesamos por su vida y buscamos en sus obras ese rasgo autobiográfico que nos lleve a creer que conocemos a la persona detrás de la autora, es decir, se la transforma en un fetiche, volviendo a arrojar tierra sobre su obra. Como estrategia para visibilizarlas parece una buena medida, pero debe llegar un momento en el que la obra sea la que hable por y para ellas.

Sin embargo, el texto debiera estar más allá de la autoría. Como dice Barthes, el texto es el ejercicio mismo del símbolo, donde la escritura apaga la voz de quien toma el lápiz. Este espacio, llamado Observatorio [19], no es sino un zona de cruce entre las subjetividades escriturales, una plaza pública donde las mismas subjetividades se producen, se entrecruzan, se ponen al frente, por lo tanto, un flujo de lo libertario que desemboca en una red de múltiples e impensados sentidos, la virtualidad y sus holografías. Somos conscientes de la alienación contemporánea, pasamos gran parte del tiempo en una sociedad red donde todos somos autores. En esta nueva sociedad, las y los autores son un nodo que se dispara hacia otros lugares, un lugar desde el cual se puede ir a otros destinos.

En este segundo número destacamos la significativa participación de las y los estudiantes de la UCTemuco con sus cuentos, poemas y columnas de opinión. Agradecemos la colaboración del poeta y profesor Luis Correa-Díaz, quien nos envía sus poemas desde EEUU y a quienes desde regiones nos saludan con su palabra creativa. Además, en esta edición, encontrarán las nuevas entregas del Taller Observatorio. Nos sentimos gratamente complacidos por la recepción que nuestro proyecto editorial ha tenido en las redes. Seguiremos, por tanto, en este necesario trabajo, aportando a la creación y difusión de nuestra literatura.

Equipo Editorial Observatorio [19]