[Reflexión] Vicente Huidobro y la Rosa Azul Por Carlos Lloró

De los cuatro grandes poetas chilenos de la primera mitad del siglo XX, dos no fueron hijos de la dinamita. Es decir, no ganaron el Premio Nobel.

Recordemos, Alfred Nobel inventó el clásico explosivo, y ganó tanto dinero con su producto, que esa mera acumulación le provocó un incurable remordimiento. De ese remordimiento nació el fondo que premia a las lumbreras intelectuales de la Era Moderna. Es decir, los premios Nobel son un subproducto de la dinamita. Y nos inclinamos ante el glamour de Estocolmo, cada año, sin tomar en cuenta esa relación casi escalofriante entre destrucción y creación.

Pero bueno, hablemos de Huidobro, que no ganó el Nobel, además de ser el único de los cuatro grandes que no ocultó su nombre verdadero detrás de la máscara del seudónimo. ¿Se han preguntado alguna vez por qué Huidobro no ganó el Nobel?

Yo reformularía la pregunta: ¿por qué le dan tanta importancia al Nobel? A fin de cuentas es un premio dado por suecos. Piensen un poco, ¿les viene a la mente algún escritor sueco que haya pasado a la historia? Y aún así, seis o siete suecos ganaron el Nobel de Literatura.

Claro está, que las cosas no son tan en blanco y negro como nos lo quiere hacer creer George Lucas. De hecho, en el libro que hoy presentamos, hay un artículo de Huidobro sobre un gran escritor sueco, August Strindberg.

Volvamos al Nobel. No, mejor pasemos al tango. Imagínense que el campeonato mundial de tango se celebrase cada año en Johannesburgo, con un jurado totalmente integrado por sudafricanos. ¿No les parecería sospechoso?

Lo cierto es que la cultura en que vivimos, la cultura del WhatsApp, nos despoja del privilegio sagrado de la sospecha. Eso es grave. A mí por lo menos me aterra. Huidobro sospechaba. A su regreso de Europa, por allá por los 30 y algo, empezó a atacar a los políticos corruptos, valga la redundancia y dijo públicamente que Chile era el país de Alí Babá y los 40 ladrones.

Para no irnos por las ramas, hablemos del WhatsApp y de la sospecha. Hace poco corregí un examen escrito, y me llamó la atención que algunos alumnos utilizaran tres técnicas de la escritura WhatsAppística para redactar sus párrafos.

Primera técnica: aproximación. Si una palabra es parecida a otra, queda.
Segunda: conjunción. Si dos palabras aparecen accidentalmente pegadas, queda.
Tercera: No recuerdo la tercera, pero creo que tenía que ver con casi sahariana ausencia de tildes.

Además de escalofríos, ese descubrimiento me provocó una suerte de curiosidad antropológica. Y si esta no fuera una disertación sobre Huidobro…

A estas alturas ya se habrán preguntado por qué hablo tan poco sobre Huidobro y el libro que hoy nos congrega. No lo sé. Acaso porque estamos ante un libro que habla solo, que sabe defenderse, como sabía defenderse Huidobro cuando lo atacaban.

Pero bueno, ya que insisten, hablemos del libro. Este libro es una delicia porque, de alguna manera, responde a un género literario ya olvidado: la miscelánea. Tal vez la miscelánea sea el más deleitoso género literario, porque permite, como diría Borges, el disfrute pleno de un “lector ocioso y curioso”. Además, permite la digresión en la lectura, que no es menos importante para la salud que la digresión en la conversación y la digresión en la vida cotidiana.

En los textos misceláneos (Borges pone como ejemplo la Enciclopedia Británica, donde en vez de gélidas definiciones encontramos microensayos escritos por los mejores prosistas ingleses), el mismo ordenamiento del libro refleja el ritmo de la imaginación y del pensamiento. A la imaginación le gusta saltar de un tema a otro, irse por las ramas, como nosotros en esta presentación, siguiendo la marea libre del pensamiento.

Veamos algunas de las perlas que podemos encontrar en este libro, y fijémonos, por favor, en la quemante actualidad de estas palabras dichas prácticamente hace cien años.

Dice Huidobro sobre la estética: “La estética es solo para la mediocridad, para los que necesitan ayuda: es el lazarillo del ciego. Para los de larga vista, la estética no existe o si existe no fija reglas, ni exige moldes de ninguna especie. Se resume en tres palabras: crear cosas bellas”.

En otro artículo, La estética del sugerimiento, leemos que “el arte del sugerimiento, como la palabra lo dice, consiste en sugerir. No plasmar las ideas brutalmente, gordamente, sino esbozarlas y dejar el placer de la reconstitución al intelecto del lector”.

Sobre el cine: “El cine podría ser la más estupenda máquina de maravillas, pero ha caído en manos de almaceneros”. (en esto Huidobro anticipa sus grandes compatriotas los cineastas Raúl Ruiz y Alejandro Jodorowsky, críticos del sistema de producción de Hollywood y, como Huidobro, enamorados de París).

En uno de sus manifiestos, sobre la invención: “Inventar consiste en hacer que las cosas que se hallan paralelas en el espacio se encuentren en el tiempo o viceversa, y que al unirse muestren un hecho nuevo”. (Para Steve Jobs la esencia de la creatividad consiste en conectar cosas que no se han conectado nunca).

Sobre la higiene: “Hay dos clases de higiene, la física y la intelectual. Hay que usar cepillo y pasta para los dientes y cepillo y pasta para los sesos”.

Parafraseando a Nietzsche, dice que mejor que escribir con sangre del corazón es escribir con sangre del cerebro, porque “cuando un cerebro sangra es más patético que el sangrar del corazón. Acaso por aquello de que hay más patetismo en el llanto del padre que en el llanto de la madre. Se acentúa lo excepcional”.

Esto del cepillo y pasta para los sesos y escribir con sangre del cerebro, podría servir perfectamente como punto de partida para una atrevida crítica de la educación moderna, y para crear una teoría del neuroaprendizaje. O simplemente para pensar, o para conversar de esas cosas de las que ya casi no se conversa. Porque la TV y el WhatsApp han estupidizado la conciencia ciudadana.

Ahora mismo, mientras redacto este artículo, en la TV de la cafetería donde escribo han aparecido los siguientes titulares de matinal: “Paz y Omar se la juegan. ¿Lograrán preparar 3 recetas? / Los secretos más profundos de Ana Gabriel”. Estas son las cosas importantes de las que se conversa hoy en la TV pública chilena.

En un artículo maravilloso, donde habla de los nueve estados del Creacionismo, el escritor Braulio Arenas, quien fue amigo de Huidobro, cita unas palabras reveladoras: “Es preciso, pues, hacer notar esta diferencia entre la verdad de la vida y la verdad del arte; una, que existe anteriormente al artista, y la otra, que le es posterior y que es producida por él”.

Hay como un eco de futuro en estas declaraciones de Huidobro. Y es que, leyendo el fascinante libro La singularidad está cerca, de Ray Kurzweil, jefe de ingeniería de Google, encuentro la idea, sin duda muy huidobriana, de que la tecnología es la continuación de la biología, y en una época cercana (Kurzweil menciona el año 2045) ambas se fundirán y se confundirán. Superaremos la biología sin dejar de ser humanos.

Volar, la obsesión de Huidobro. Volar con la imaginación, con el pensamiento, con las palabras. Si aceptamos que la seguridad y la libertad son inversamente proporcionales, entonces, en una cultura de la seguridad y de la comodidad, leer a un poeta inmensamente libre como Huidobro se torna un imperativo.

Por eso, considero que este es un libro necesario. Yo pienso que hay libros buenos y libros malos, y quizás hasta el peor libro puede salvar una vida. Pero en una época donde cada día se publican miles de libros, decir que un libro es necesario quizás sea el mejor cumplido.

Necesario, porque nos muestra en toda su multidimensionalidad a un pensador-poeta y a un espíritu lúcido, cuyas palabras contagian esa lucidez.

Necesario, porque nos enseña que todas las disciplinas humanas poseen una raíz común, y que para administrar la complejidad creciente de nuestro mundo, no solo hay que estar informado, sino, todavía más importante, hay que estar despiertos, atentos, alertas. Es decir, desconectar el WhatsApp.

Necesario, porque nos vuelve a recordar la importancia del juego en la literatura, la importancia de la elegancia, la importancia de la cortesía y también de la valentía.

Para terminar: Vicente tenía un hermano escultor, Domingo. Pese a ser un artista brillante, nunca buscó el estrellato. Por eso, casi nada se sabe de él. En su casa de Tejas Verdes, cuenta el escritor Miguel Serrano, quien lo visitó y lo admiró, que Domingo “esculpió obras bellísimas, con una luz que salía de dentro de la piedra o de la madera que él elegía; deseando solo poder abrirle un camino, un espacio, una puerta a la luz que la materia contenía, acumulada en su interior; la luz de la piedra, del leño. (…) Exponía sus obras a los campesinos de su fundo, a los pescadores de San Antonio, o las donaba a los conventos de los jesuitas, a los centros del Padre Hurtado, o a las colinas de Llo-lleo, donde está su Vía Crucis.”

Tenía un mazo favorito, con el que esculpía. Cuando por la edad, dejó de esculpir, talló en él un ángel, y lo guardó.

Ya podemos imaginar el nombre de ese ángel.






Carlos Lloró (La Habana, 1970). Académico de la Academia de Artes Musicales y el Programa de Bachillerato de la Universidad Católica de Temuco. Escritor y músico cubano residente en Temuco, Chile. Creador del sello editorial Nagauros. Dirige variados talleres literarios y es co-conductor del podcast De Poetas y Locos. Entre sus obras literarias están: Kounboum (2010), Cinis Cinerum (2012), El lugar donde nadie aplaude (2016), Conversaciones con Sergio Meier (2016) y Absolum (2018).