[Cuento] Itinerarios detectivescos en la narrativa latinoamericana contemporánea Por Gabriel Saldías

Desde el 2004 comenzó a dedicarse a la escritura, o al “oficio de detective”, en sus propias palabras. “Es lo mismo”, señalaba entonces a cualquiera que no estuviera al tanto, a cualquiera que no hubiera descubierto, como él, que los mejores detectives son los que escriben. Los que, como él, se levantan a mediodía, se desperezan con el almuerzo y comienzan su labor, oficialmente, con el café de la sobremesa. Hablando de los acontecimientos del día, con su señora, o señor, o su perro, o hasta el mayordomo del edificio, que sabe mucho, que no se pierde ni un solo estelar de la televisión y está enterado, muy al día, de quién se jodió a quién y de cuáles son las tetas más siliconadas de la temporada.

Conversaciones así lo dejan preparado para la jornada, que se viene larga e intensa, porque su trabajo como escritor detective solo comienza al caer el sol. “¿De qué otra manera podría encontrar la inspiración para meterme en este submundo que llamamos civilización?” le explica a José Carlos, el barista venezolano que se vino al país saltando fronteras, escondido en camiones de gallinas, extrañando las lágrimas que dejara en su tierra natal a cargo de una mujer demasiado delgada y un hijo demasiado solo. Pero qué va a saber el barista, se explica a sí mismo el detective, qué va a saber uno, qué voy a saber yo, que cronometro sus gestos y calculo sus movimientos, que dejo registro claro para la posteridad de cada cosa que hace, para que nadie olvide nunca al mártir del escritor latinoamericano del siglo XXI: un valiente donde ya no quedan, un héroe no de patrias traicionadas por dictadores de bigote, sino un reivindicador del trasunto humano, de la cotidianidad; su héroe y mi héroe, pues, señora, alguien que nos venga a decir dónde y cómo es la cosa, de verdad, que revele esos misterios que no salen en la tele ni se suben a internet. Misterios secretos de una tierra oculta, porque sépalo comadre: aquí por donde caminamos, no es la calle Ballesteros, centro neurálgico de la pobreza y de los peores grafitis de la ciudad, no, aquí es donde se fragua el verdadero amor latinoamericano. Y el odio. Y el poscolonialismo. Y cuántos otros pos, pero, por sobre todo, aquí es donde se gesta, nace, vive y muere la poesía.

Y yo sé que la señora Clota dijo que la niña Clara dijo que eso de la poesía es una pérdida de tiempo. Y yo sé que usted se esperaría que un hombre como este que estoy vigilando, sentado así como está, tan concentrado en la digital hoja en blanco que ya inaugurará con su genio en cualquier momento, estaría preparado para decirle a la niña Clara que Neruda y Mistral ya se murieron hace rato, que la poesía es mucho más que cantos fundacionales y rondas infantiles, pero, usted me interrumpiría, estoy seguro, aclarándome que la niña Clara se refería a otra cosa, que se refería a la poesía como un desperdicio, como una secuela de una mala caña literaria, porque si ya se habían dicho todas las cosas, ¿de qué poesía estamos hablando? Pura paja mental y garabatos, nada más. Y yo no sabría qué decirle, la verdad, así que me alegro mucho de que nunca hayamos tenido esta conversación, porque la niña Clara es medio buena para hablar huevadas, qué quiere que le diga.

No así el detective, que ahora sí que se ha arrojado de lleno a su trabajo, justo en el momento preciso en que el atardecer se ha convertido en crepúsculo. “La hora de los vampiros y los escritores”, le aclara a un parroquiano más o menos rechoncho que solo fue por un tinto después de haberse quebrado la espalda ocho horas frente a un computador que ni si quiera tiene su nombre en el inicio de sesión. A él, justo a él, el detective le aclara los pormenores de su nueva travesía escritural: resulta que el arte se hace a balazos, que los narcos trajeron consigo una mágica receta poética forjada en el hampa misma, un destilado de miseria que puede alcanzar los niveles más sublimes y etéreos de la hermosura. ¿O será demasiado? Le pregunta el detective al gordo anónimo, y este se encoge de hombros. No, no, está bien, continúa: resulta que uno de estos hampones, de nombre Maracaibo o José Carlos o Ze Pequeño o cualquiera de esos nombres tropicales, es, en el fondo, un escritor torturado que se ha visto obligado a robar y matar para sobrevivir, pero en el fondo, bien en el fondo, es un genio: el líder de una nueva vanguardia artística con varios prefijos en su nombre ¿lo ve? Y es descubierto por mi alter ego, que se llama como yo, pero que en realidad no soy yo (nunca tanto), pero en el fondo, claro, bueno, es parecido. El resto es el trayecto de búsqueda hasta dar con este genio esquivo, este poeta-ladrón, este artista-asesino, este artesano mendigo, porque la poesía puede matar, ¿lo sabe? ¿Lo sabe? ¿Lo sabe?

El gordito lo sabe, ¿cómo no lo va a saber? El Fernando me contó de sus tribulaciones, cuyo patetismo podría inspirar a cualquiera, pero no al detective, quien tras la revelación de su propia voz rebotada en las córneas de un zombie urbano ha dado ya con su presa y su objetivo, los ha reafirmado en la piel del acongojado paseante alcohólico y ahora está listo para darles cuerpo y alma en el computador portátil frente a él, mientras que el gordo, qué se yo, que se vaya por ahí a dar pena a otro lado. En este minuto, el bar se ha convertido en el santuario de las musas y todo lo que entra por la puerta, de una u otra manera, se transmuta en la obra del genio creativo como una pista y evidencia de la iluminación poética: Doña Marta, la verdulera que viene a comprar cigarros, es la madame de un burdel de mala muerte en esta ciudad sudaca pintada a blanco y negro por la que transita el duro alter-ego del detective, Paris Sánchez, un poeta maldito, quebrado, romántico, indómito (pero nunca salvaje) que acude con regularidad al establecimiento del sórdido tahúr colombiano José Carlos (inspirado en el barista José Carlos) para jugarse la vida.

A medida que avanza la noche, el genio va compartiendo su visión entre golpeados de tequila y el ruido de la pachanga de fondo: es a través de una mala tirada de dados que Paris se entera de la existencia del poeta-asesino. Su mala suerte lo lleva a uno de esos sórdidos callejones del centro, donde todos sabemos que nada bueno ha sucedido o puede suceder, donde no vive una sola persona que se levante a las seis de la mañana para salir a trabajar, o que los días domingo vuelva a casa con una bolsa de pan para la familia, donde a las niñas chicas solo se las violan y todos, todos los putos perros de la cuadra tienen pulgas. Va acompañado de una femme fatal criolla que lo termina involucrando en un asalto frustrado a cargo del místico artesano-mendigo. La mujer le entrega entonces a un confundido y asustado Paris un trozo de papel con un poema en él. Instantáneamente el detective se da cuenta de lo que tiene en sus manos: una obra maestra. En medio de una epifanía artística, pregunta por el nombre del autor, pero la criolla se ha ido ya y en su estela solo ha dejado una coordenada ambigua.

Así da inicio la cacería, le cuenta el detective a un don nadie que solo viene de paso a usar el baño, pero que se ve atrapado entre el soliloquio y la responsabilidad (moral) de reafirmar al autor de su genialidad. Seguro que se vende, le dice con una falsa sonrisa, apretándose los testículos entre los muslos: seguro que esta sí que se vuelve un bes-sellers que arrasará con todos los premios de la crítica, seguro que saldrás en el diario y que las editoriales se pelarán a muerte por llevar tu apellido tatuado en las nalgas, seguro que hasta te hacen una de esas portadas surrealistas con pinturas al óleo y figuras sugerentes, seguro, pero más que seguro que después de muerto, algún genio de la industria intelectual trazará un mapa detallado de tus ires y venires por la ciudad (por esta y todas tus otras ciudades, por favor, si esto es una empresa cosmopolita, no un delirio indiano), y la gente parará aquí, en este bar y se sentará aquí, en este asiento, para revivir esta mismísima conversación, pensando: “Así que aquí es donde nació el gran Paris Sánchez” y luego, tras minutos de profunda reflexión, asegurarán con entusiasmo: “Pero claro, está clarísimo”, porque verás, amigo, aquí, solo aquí y en ninguna otra parte del mundo, puede un triste individuo cuyo nombre ni si quiera quedará consignado en la historia, mearse antes de ser considerado descortés.

Así pasa la noche. Con el tiempo, la temperatura baja y la ciudad se siente bastante menos tropical que el mundo digital del detective. Resulta que el humo de los cigarros no es especialmente poético, sino que solo hace arder los ojos. Los rojos ojos de un Sherlock demasiado aburrido, que ha perdido ya el ímpetu de las horas previas. Piensa, quizás, en la realidad a la que debe regresar en poco tiempo más. Lo esperará su madre despierta y discutirán por el trabajo y el dinero, por las cuentas por pagar y la hipoteca del mísero departamento que comparten, y él le explicará por vigésima vez, que su trabajo es ser detective y que los casos solo se pagan una vez resueltos. Que tenga paciencia, le pedirá, que ya saltará la liebre, pero, usted mismo me lo dijo, don Manuel, cómo la mujer le responde. Me daría vergüenza decirlo, así que dígalo usted. Exacto, tal cual, así de duro. Y el detective dirá que ya, que bueno, que mañana sí se juntará con el tío Ramón a ver si lo puede ayudar con los camiones. Pero no irá. Él lo sabe y yo lo sé. Mañana estará aquí de nuevo, sentado con sus anteojos sin aumento, su chaquetita vintage y sus zapatos de tela, tratando de descifrar la clave secreta para dar con la prosa perfecta que lo eleve por sobre los demás mortales y que le permita vivir para siempre de un premio internacional que lleve su nombre.

No sabe, no se da cuenta el detective, que está siendo robado en este preciso momento en que me quedo con su almita, la falsifico y la revendo en la feria como si fuera la gran cosa, aunque no lo sea. Nada lo es.










Gabriel Saldías R. (Santiago de Chile, 1985). Doctor en Teoría de la Literatura y Literatura Comparada por la Universidad Autónoma de Barcelona, Magíster en Letras mención Literatura, Licenciado en Letras por la Pontificia Universidad Católica de Chile, realizó un Postdoctorado en Estudios Latinoamericanos en la Universidad de British Columbia, Canadá. Actualmente se desempeña como docente del Departamento de Lenguas de la Facultad de Ciencias Sociales y Humanidades de la Universidad Católica de Temuco. Ha publicado una primera colección de cuentos: Fricciones (Nadar, 2017) y Cobarde y viejo mundo (PdE, 2019) su segunda colección de cuentos.